sábado, 23 de diciembre de 2006

FERROVIARIO, MEMORIOSO Y CONCEPTUAL

Pedro Caballero colecciona en su memoria catálogos de los más variados: presidentes, ministros, ferroviarios. Recitarlos es su performance pública más exitosa. Todos admiramos su memoria y su velocidad para engarzar un nombre tras otro sin aparente esfuerzo. A Pedro lo apasiona la historia, y lo demuestra de ese modo, espectacularmente, agregando como en una coda: yo me acuerdo de todo, y hasta él mismo se asombra al decirlo. Pero la memoria de Pedro Caballero luce, más que en esos listados (que si por un lado ordenan y conservan datos, por el otro borran particularidades) en el fechado preciso de acontecimientos de todo tipo (práctica más extravagante, y en principio, inútil).
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Pedro Caballero en el archivo de Ferrowhite
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La costumbre de Pedro de recordar con precisión y no dejar detalle fuera tiene, pienso, dos movimientos: comienza por fechar lo extraordinario (el choque de una locomotora con un auto que traía dos ministros, día y hora exactos) y continúa en el deseo de volver extraordinario todo lo que fecha (la última vez que viajó a Buenos Aires hace un mes, hora exacta de partida y llegada, temperatura y cantidad aproximada de kilómetros recorridos a pie desde Constitución hasta el Monumental de Nuñez). Desde su pasión desbordante por la historia, alimentada por revistas semanales y enciclopedias, Pedro desemboca en la poesía. Y esa pretensión que parece inocente (recordar todo, y para hacerlo, singularizar todo) es profundamente subversiva, es la voz del que no deja que la historia se vuelva una sucesión de acontecimientos que se encadenan “naturalmente”.
¿Quién es capaz de acarrear cuatro tornillos y una llave inglesa de fabricación industrial y donarlos al museo diciendo “esto es histórico”? Pedro Caballero ¿A quién le importa que no se olvide el nombre de todos los ferroviarios que trabajaron en el galpón de locomotoras? a Pedro Caballero. Porque el reverso de las series que se recitan es la extrema precisión que singulariza. En vez de mil doscientos ferroviarios: Aliaga, Alonso, Marcaccio, Samataro, y así... No es que la memoria de Pedro trabaje desde el absurdo, todo lo contrario, se apoya en algo semejante a lo que Duchamp consideraba lo “infradelgado”, que es aquello que en un mundo que masifica y produce objetos en serie hace de cada cosa algo único e irrepetible.
Lo “infradelgado” no es un atributo de las cosas aisladas, es producto de una relación. ¿Y no es acaso necesario contemplar miles de razones económicas, tecnológicas, políticas, climáticas, psicológicas, azarosas, etc, para que se produzca ese acontecimiento único que es su llegada a Buenos Aires y su caminata hasta la cancha de River? ¿No es eso algo digno de asombro? Pedro recorre el ruido de la historia, lo que ya no se escucha, y de ahí trae objetos, nombres, historias. Por eso no debería sorprender que tras el vozarrón épico de Osvaldo Ceci repasando treinta años de lucha ferroviaria, asome la voz de Pedro Caballero contando la vez que en el andén lleno de ferroviarios un gorrión se paró en la cabeza del legendario Samataro, y todos se quedaron un instante inmóviles y en silencio, “a las dos de la tarde”. Tras el haiku ferroviario, el dato preciso. Porque lo que el acontecimiento tiene de irrepetible e irreductible al sentido, también lo tiene de datable: no fue a la mañana, no fue a la noche, no fue en el campo; fue en el andén, a las dos de la tarde, el momento exacto en que tantas variables confluyeron para que suceda lo extraordinario, lo que no estaba en los planes de nadie, y un gorrión suspendiera el movimiento del mundo.
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Osvaldo Ceci y Pietro Morelli


Y así como un gorrión pudo parar la respiración de no se cuántos ferroviarios en un andén (ahora imagino que es la voz de Ceci la que retoma el relato), también unos cuantos miles de ferroviarios y sus familias, perseguidos, reprimidos y encarcelados por el ejército, pudieron parar el país, y el plan Larkin, y los deseos del Banco Mundial, y del gobierno de los Estados Unidos. Y eso tampoco estaba en los planes de nadie.

4 comentarios:

Mar dijo...

Yo lo que me quedé pensando también, y aunque no es menos importante es de esas cosas que un poco da verguenza contar acá, es que aprendí a escuchar los relatos de mis abuelas, en lugar de esperar re aburrida a que terminaran de contar OTRA VEZ la misma historia, por los museos de White. Por los libritos, por escuchar a la gente allá y empezar a pensar esos relatos de otra manera, a encontrar otras cosas ahí más que la repetición de un dato tan "irrelevante" como que mi abuela cuidaba una vaca en Polonia.

Y me dieron ganas de llorar el otro día, cuando escuché a Juan Califano cantar en italiano, y cuando vi que éramos mucha gente joven que estaba ahí para escucharlos únicamente a ellos, eso que, pensaba después, hoy por hoy es medio raro.

Marcelo dijo...

Hoy justo hablábamos en el museo de la impresión que nos quedó del evento. Y una de las cosas tenía que ver con esto: mucha gente estaba enfervorizada, en el parque, cuando ya todo había terminado, no por lo que había visto, sino por lo que había vivido ¿y qué había vivido? había estado un par de horas escuchando historias, siendo protagonistas de un "encuentro". ¿Será que se volvió tan raro el encuentro, y la posibilidad de escuchar, y hablar en la ciudad, que eso en sí constituye una experiencia fuera de lo común? También algunos amigos artistas, en el parque, me decían con cierta condescendencia "estuvo bueno, pero le falta" y yo preguntaba ¿para ser qué cosa, le falta? ¿para ser "arte"? Si lo que le falta es lo que haría del evento algo reconocible como arte, y por lo tanto algo más o menos tranquilizador en tanto se le puede dar un nombre, bienvenida la incompletud y las experiencias como la que contás, que no se si el "arte" hoy, en Bahía, está en condiciones de provocar.

Federico dijo...

Si sirve para apoyar el debato sobre lo que el evento generó, les dejo mi envidia por ser testigos.
Desde hace un tiempo vengo investigando sobre la historia de White, los anarquistas y la huelga del 7; y la mirada que han desarrollado en FerroWhite es fundamental para el relato histórico del Puerto. Vallan todas las felicitaciones!!!!!!!!!
Aprovecho para comentarles que trabajando de paso por unos treinta museos del país, se repite la admiración por el trabajo de White. Es por lejos la referencia más grata que se tiene de la ciudad.Representan el orgullo de la ciudad maldita.
AVANTI!!!!!!
Un saludo Federico

jasarabe dijo...

Es gratificante saber que hay mucha memoria en quienes vivieron la historia de Ing White y que se animen a mantenerla, y es muy loable quienes hacen posible este Blog para testimoniar a todos nosotros estas experiencias vividas y vivas aún en todos.
Felicitaciones por todo lo hecho hasta ahora. Quien comenta esta nota está interesado en recabar testimonios vividos en la Usina San Martín, que este año cumpliría 75 años de su inauguración, si aunamos esfuerzos podríamos hacer algo interesante. Gracias