miércoles, 24 de noviembre de 2010

"LA ESTELA QUE DEJA EL RELATO"

Bueno, pasó. El domingo presentamos “Flying fish”, el libro en el que Roberto Orzali relata sus viajes como marinero mercante. La presentación estuvo a cargo de Analía Bernardi y Marcelo Díaz, autores de “Vida, papel y pasión” capítulo que cierra la publicación y que permite situar la historia del "chapa" en el contexto de los grandes cambios que vivió la navegación de ultramar en las últimas décadas.

Trepados a dos banquetas ariscas, Analía y Marcelo expusieron con impecable equilibrio la tesis que orientó su labor como editores: tanto estos viajes como la posibilidad de contarlos resultan de una “cuestión de tiempo”. Tiempo de carga y de descarga, que en los años sesenta y setenta le permitían a Roberto y a sus compañeros permanecer varios días en cada puerto. Tiempo libre compartido con amigos y familiares, en el que el relato de estas travesías fue tomando forma y espesor colectivo. Tiempo muerto de un empleo como sereno, a la espera de completar los aportes para la jubilación, en el que Orzali comenzó a poner por escrito su historia. En fin, tiempo ganado por un trabajador para hacer algo distinto a su trabajo o a la reproducción indefinida de sus condiciones de existencia.


El argumento de los chicos es más extenso y está bien documentado, pero mejor lean el libro. Luego de sus palabras, hubo apagón, se hizo silencio y Orzali, el enorme Roberto Orzali que, lleno de prudencia o julepe, había permanecido hasta entonces “guardado en camarines”, prendió por fin el pucho que lo mantuvo entretenido toda la tarde y a una señal de su colega Tony Bennett -“I left my heart in San Franciscouuuuu”- remontó la escena. No sé si está bien o mal que yo hable de “Flying Fish”, la obra, porque de algún modo formo parte de ella. Circunstancia que da pero también quita perspectiva. Después de tres funciones y varios meses de ensayos, todavía me cuesta redondear de qué va todo esto. A dónde, adentro o en el borde de qué estamos parados. Pero como cada función amenaza con ser la última, más vale empezar a intentarlo.

Mi cámara graba, registra la obra desde un rincón, y al mismo tiempo envía sus imágenes a través un proyector hasta una persiana metálica que oficia de pantalla sobre el fondo del escenario. En dos o tres momentos concertados, Roberto se me acerca y me habla, o mejor dicho, le habla al artefacto que sostengo entre los dos. Cuando Roberto hace esto, sus ojos miran en la imagen proyectada directamente a los ojos del público, a los de su hijo Facundo, que acaba de conseguir trabajo en la draga Santa Fe, a los del director Anthony Hampton, que llegó desde Londres porque no se quería perder una sola de las aventuras del sorprendente pez volador. ¿Ante qué clase de espectáculo están Facu, nuestro amigo británico y los demás? ¿Se trata de la puesta en escena de un film documental o de la filmación documental de una obra de teatro? Creo que nuestro esfuerzo combinado –pienso en Roberto y en Natalia, pero también en el equipo completo de Ferrowhite- consiste en aplazar una respuesta, en demorarla con un propósito incierto.

“Flying fish” es la representación de un viaje y como tal, está hecha de una serie de desplazamientos. Dos senderos estrechos, aquel que convierte al teatro en documental y ese otro que vuelve al documental una forma exacerbada de ficción, se cruzan acá. Y acá es este museo, White, pero también un lugar en medio del océano. Los siete mares adentro de la cabeza abismal de un solo tipo. Nuestra orden no escrita es avanzar sin temer, meternos hasta no hacer pie, marchar hacia la parte honda de la pileta.


Esta obra será recordada por llevar a un marinero a escena, pero más por convertir a una directora de teatro bahiense en una alternadora filipina. En el fondo, nadie dirige al protagonista de una obra documental sin que las indicaciones comiencen a llegar en algún momento desde arriba del escenario. Se los dice este aprendiz de documentalista obligado en escena a ceder su cámara al protagonista de la obra para ser filmado actuando de Estatua de la Libertad. 

¿Me estoy yendo de tema? Resumo. Lo que para nosotros distingue al teatro del cine (o el video) documental no es la separación entre “ficción” y “realidad”, sino la diferencia entre dos formas de ficción que no dejan de afectarnos y de afectarse entre sí a la hora de tratar de comprender -sin garantías- la vida de un hombre, de un puerto, de una ciudad y de los conflictos que los constituyen. Llevar el film a escena y la escena al film, digamosló, sirve para meter un poco de suspenso en los modos acostumbrados de producir documentales y obras de teatro, sirve para atenuar el imperio de las reglas que regulan la producción de "historias de vida", sirve para poner rueditas abajo del muro con el que una sociedad asigna (o niega) a sus integrantes competencias para dar testimonio acerca de un mundo al mismo tiempo común y desigual.

Eso calculo cada vez que la mano de Roberto empuja el vaso de whisky que la corriente de su relato convierte en un barco ebrio. Todos estos pasajes, del museo al teatro, del ritual al juego, del recuerdo al acto, no intentan otra cosa que inventar maneras de vivir juntos bajo guiones menos estrictos. (Hay una diferencia capital entre reconocer lo que nos distancia, o incluso a priori nos enfrenta -niveles de ingreso, educación, lugares de clase-, y convertir la conciencia de esa distancia en un prejuicio que sanciona aquí y allá mundos perfectamente explicables y por lo tanto estancos, universos en relación de autonomía o subordinación perfecta).


En los rostros de quienes colmaron la sala –casi nunca nuestro público es tanto como para volverse anónimo-, hubo risas, algunas lágrimas, comentarios a voz en cuello y al final una ovación con 'O' de ola, uno de esos aplausos que te levantan y te revuelcan, de los que puede que emerjas desnudo, bautizado, nacido de vuelta. Después, Reynaldo Merlino y José “Chiche” Pupko invitaron a un brindis dedicado a la obra, a su protagonista y a Vivi, presente en la platea, con vino de la casa que, queremos desmentir, nadie rebajó con agua de la ría.

Retomando, para terminar, el argumento de mis amigos, quisiera decir que el aplauso, el brindis, la conversación y los abrazos también dependen de una “cuestión de tiempo”. Tiempo ganado en este caso a la lógica del "espectáculo cultural continuo" de la que este museo de provincia tampoco escapa por completo. Detrás de esa otra aventura, no la de Roberto sino la de la posibilidad de compartir su experiencia, hay un equipo tremendo, una tripulación capaz de sacar el Titanic a flote remando con escarbadientes. Analía, Carlos, Silvia, Esteban, Nico, Ana, Natalia y Marcelo -compañero a la distancia-, gracias por estar, el aplauso es para ustedes.

viernes, 19 de noviembre de 2010

ESTE DOMINGO VOLVEMOS A ZARPAR

Esta semana le pedí a Roberto que me lleve hasta el lugar desde donde partió para dar la vuelta al mundo que cuenta en la obra. El domingo volvemos a zarpar (si antes logramos saltar las alambradas).

miércoles, 17 de noviembre de 2010

FIN DE VIAJE



Este domingo, a las 20 hs., cerramos en el museo el año del proyecto Archivo White con un doble programa que incluirá una nueva función de la obra “Flying Fish” y la presentación de un libro en el que su protagonista, Roberto Orzali, relata sus años como marinero mercante de ultramar.

La presentación del libro estará a cargo de Marcelo Díaz y Analía Bernardi, y del escritor Roberto “Chiche” Pupko, amigo personal del autor. Y viene Vivi Tellas con quien comenzamos a trabajar en teatro documental allá por 2006.

Obra y libro narran la vida de Roberto Orzali a bordo de los buques que hace cuatro décadas transportaban cereal, manzanas o peras de White a Civitavecchia (Italia) y Hamburgo (Alemania), naranjas de Tánger (Marruecos) a Riga (Letonia), bananas de Machala del Oro (Ecuador) a Yokohama (Japón), camionetas de Yokohama a Los Ángeles (Estados Unidos) o azúcar de Ilo Ilo (Filipinas) a las refinerías de Boston (Estados Unidos).

“Si uno siguiera en un mapa los viajes que Orzali relata –sugieren Marcelo y Analía en el posfacio de este libro-, podría hacerse una idea aproximada de cómo era la división internacional del trabajo entre la
segunda mitad de los 60 y los primeros años 70.” Al mismo tiempo, la historia de Orzali resulta un repaso a contrapelo de los grandes cambios en la navegación y en la operatoria de los puertos que hoy vuelven prácticamente impensables viajes como los suyos, con extensas estadías en cada puerto.


“Las constantes transformaciones del capitalismo parecen moverse en una sola dirección: facilidad de circulación para las mercancías, restricciones cada vez mayores para la libre circulación de las personas”, concluyen Diaz y Bernardi, para plantear luego la apuesta que, en tal contexto, la realización de esta obra y la publicación de este libro suponen para el museo: “Los que no cesan de circular, aún en este mundo, son los relatos. Incluso cuando se trata de un libro de relatos de experiencias personales, como el presente,
los modos del relato son colectivos."

"En la voz del narrador son siempre muchos los que viajan. Creemos que Roberto lo entiende también así, y desde allí nos invita a acompañar sus viajes.”

lunes, 8 de noviembre de 2010

FLYING FISH (según Roberto Orzali)

Mientras nos preparamos para una nueva presentación de la obra "Flying Fish", Roberto Orzali nos cuenta de puño y letra sus impresiones de la última función.


El sábado 2 de octubre realicé la segunda presentación de la obra de teatro documental Flying fish, en la cual invito al público presente a tripular el buque de bandera griega Aegis Kingdom (en castellano significa Reino del Egeo), en el cual fui tripulante junto a mis amigos Guerino Mancinelli (Pechito), Raulo Rebollo, Luis Katzen y Rubén Soria.

Yo no soy actor, por eso estoy experimentando por primera vez el reconocimiento del público con su prolongado aplauso. A parte se encontraba mi hijo Facundo Orzali, que es marino mercante, con sus amigos. Mi hijo hizo de contramaestre, cuando yo le ordeno aligerar las amarras para zarpar rumbo al África y luego a Japón. Esto se hizo con sonidos del mar bocinas del buque y la música del tango “lejana tierra mía”. A parte canciones de Tom Jones, Frank Sinatra, Toni Bennett y el guitarrista mexicano Santana. Esas canciones estaban de moda en los puertos que recorrí.


Esta obra me conmocionó porque me hizo revivir todas las emociones que viví en la travesía, acordarme de mi amigo Pecho, quien me salvó la vida y de José Gutierrez, alias puchero, quien nos brindó su amistad y casa en Estados Unidos, Nueva jersey. Luego fuimos agazajados tanto el público como quien les habla con una picada ferroviaria, acompañada por vino, la cual seguimos enla casa de Pedro Marto, el guarda tren de ferrowhite, junto a mi amigo Bichi Rodríguez, trabajador del puerto, con guitarra, vino y ejecución de diversos tangos,

Afectuosamente,

Roberto Orzali


p.d. De paso bauticé el cuaderno que me regalaron Natalia y Marcelo.   

domingo, 26 de septiembre de 2010

EN PRIMERA PLANA

Matías Matarazzo y Gustavo Pereyra armaron este video sobre la última función de "Flying Fish". Gracias muchachos.

viernes, 27 de agosto de 2010

OYE CÓMO VA

martes, 24 de agosto de 2010

FLYING FLYER


El próximo sábado 28 de agosto, a las 20 hs., realizamos en Ferrowhite (Juan B. Justo 3885, Ingeniero White), el estreno de “Flying Fish. La vuelta al mundo con Roberto Orzali” nueva obra del proyecto de teatro documental Archivo White, que el museo lleva adelante desde el año 2006.

Protagonizado por el marinero mercante Roberto Orzali y con dirección de Natalia Martirena, este nuevo “documental en vivo” relata un viaje alrededor del planeta a bordo del “Aegis Kingdom” buque griego que partió de Ingeniero White en junio de 1972 llevando trigo hacia el puerto de Yokohama, en Japón.

Roberto Orzali nació en Ingeniero White en 1943. A los 16 años ya sabía lo que era estar embarcado. Trabajó en la flota de YPF, en el dragado del puerto de Ingeniero White, hizo un viaje experimental a Malvinas con la NASA, y recorrió el mundo desempeñándose como marinero, timonel, motorman, oiler y contramaestre en embarcaciones de las más variadas banderas.

Esta vuelta al mundo es también la vuelta a un tiempo en el que un trabajador del mar podía contar su vida como una aventura. Acompañar a Roberto en su recorrido supone entonces desandar los cambios en el comercio de ultramar que hoy vuelven prácticamente impensables viajes como el suyo.

Entre esta puesta en escena y la travesía que la inspira, median importantes transformaciones: la modernización en el diseño y construcción de los buques, la automatización de los procesos de carga y descarga, la flexibilización de los marcos legales que regulan la actividad marítima, y el endurecimiento de la seguridad en las terminales portuarias. Se trata de cambios tendientes a incrementar la eficiencia y la rentabilidad de las compañías navieras que tienen por consecuencia inmediata reducir las tripulaciones, los tiempos de viaje y las estadías en puerto, así como suprimir costos en materia de salarios y beneficios laborales, es decir, menos tripulantes por buque con más tareas a cargo y menos tiempo para pasar en tierra.

“Flying Fish” anticipa la inminente edición por parte del museo de un libro en el que Roberto Orzali relata sus días como marinero mercante. Es la cuarta obra del proyecto de teatro Archivo White, que en versiones anteriores llevó a escena al mecánico ferroviario Pedro Caballero, al estibador Pedro Marto y al marinero de pesqueros factoría Marcelo Bustos. Con esta nueva producción, el museo taller continua con su propuesta de relevar el mundo del trabajo ferroportuario, desde el relato y el hacer de sus protagonistas.

martes, 10 de agosto de 2010

EL PEZ VOLADOR




Una pausa -con tarta de limón preparada por Ana Miravalles- en el ensayo de la nueva obra de teatro documental, "Flying Fish. La vuelta al mundo con Roberto Orzali" que se va a presentar muy pronto en Ferrowhite, con la dirección de Natalia Martirena.

miércoles, 14 de julio de 2010

ANTES DE EMBARCAR

Con tormenta se duerme mejor (2) from Ferrowhite on Vimeo.
Marcelo Bustos, marino mercante de ultramar, está a punto de embarcarse, por eso vuelve a escena Con tormenta se duerme mejor, su obra de teatro documental.
Este sábado 17, a las 18 hs, en Ferrowhite, museo taller.
Si no la ves ahora, vas a tener que esperar que el pesquero llene la bodega y Marcelo vuelva a White!

miércoles, 14 de abril de 2010

TEATRO PARA DÍAS DE TORMENTA


martes, 13 de abril de 2010

ARCHIVO CABALLERO O LO IMPERECEDERO

Este sábado reponemos Con tormenta se duerme mejor, la nueva producción de Archivo White, con Marcelo Bustos, trabajador de un buque de pesca de altura. Mientras acomodamos luces y ensayamos, queremos compartir con ustedes este interesantísimo texto que escribió y subió a su blog, Fictiönis, el psicoanalista Horacio Wild, reflexionando sobre Archivo Caballero, luego de su experiencia como espectador de la obra:

ARCHIVO CABALLERO O LO IMPERECEDERO

Sentados en el pequeño anfiteatro del Museo de Ferrowhite esperamos el comienzo de la obra. En el escenario un mostrador; delante de él se ubican en fila herramientas que alguna vez fueron utilizadas para el trabajo diario de los ferroviarios. Diversos neoartefactos armados con distintas partes de lo que en otros tiempos tuvo alguna utilidad, se encuentran dispersos por el escenario.
Se apagan las luces. Comienza la obra. La iluminación barroca da lugar al ingreso del actor que se recorta desde la sombra. En el cuerpo inmóvil de Pedro pueden observarse las marcas del trabajo y del tiempo. El “Bolero de Ravel” es voz que da vida al cuerpo del actor, que comienza a danzar provocando en el público cierta vacilación y pérdida de la referencia. No hay forma unívoca de responder. Fascinación, risa, reflexión, perplejidad, aplausos... mientras pareciera suspenderse el sentido, Pedro baila, se hace cuadro
El actor se desplaza por todo el escenario articulando distintos relatos: el espacio radial (con musica, propaganda y anécdotas de época), el trabajo ferroviario y el uso de cada una de las herramientas, su infancia, la presentación de algunos neoartefactos armados con fragmentos de aquello que otros deshechan. Pareciera invertirse la fórmula de que el deshecho que producen las sociedades se encuentra destinado a la destrucción.
.

En escena Pedro no puede explicar qué son los neoartefactos que construye, pero sí puede afirmar que son su invención y es evidente que se sirve de ellos. Cuando en la obra los muestra su rostro se ilumina y pareciera esbozar una sonrisa, “¿esto? No sé que es esto…” son cosas que invento con las cosas que otros tiran y yo encuentro”. A continuación se dirige a la fila que se encuentra delante del mostrador, y nos invita a ver en cada herramienta u objeto una parte del pueblo… su casa, la escuela, la estación, el club. Comienza el relato de aquellos otros tiempos en los que tomaba el tren, caminaba para ir a la escuela, volvia a trabajar con su madre que hacía comidas para los trabajadores. Mientras relata de forma sentida la historia, su historia, se acerca al público, y recorre los distintos lugares mostrando una imagen para finalizar diciendo: “esto… esto es lo verdaderamente imperecedero”. El público mira, pero la mirada pareciera provenir de más lejos, de un Otro que conciente, que con su aplauso hace un guiño y atemepera en algo la carga de quien sobre sus hombros ha asumido la responsabilidad de que el Otro no perezca.

Horacio Wild
Copyright © 2010

martes, 24 de noviembre de 2009

FOLLETO

Para los que no pudieron asistir a la obra, este es el texto del folleto que se entregó a la entrada. Es lo que podemos compartir, las masitas con forma de pescado (saladas y dulces) que hizo la hermana de Marcelo para la función no se pueden convidar en el mundo virtual, y además no quedó ninguna:

MARINERO EN TIERRA

Marcelo Bustos tiene 22 años y es marinero. Ha estado embarcado dos veces en pesqueros de altura, y en ellos ha hecho un poco de todo: recoger la red, cortar cabeza y cola de pescado, almacenar en la cámara frigorífica… Durante la última marea (así se denomina a los períodos de pesca que realizan los pesqueros de altura y que duran alrededor de sesenta días) Marcelo sufrió un accidente de trabajo, motivo por el cual se encuentra en tierra, en rehabilitación.


LA LÍNEA DE LA VIDA

La vida en el barco es dura, pero es, además, peligrosa. En momentos en que se recoge la red la atención debe ser extrema: puede haber un golpe, un sacudón, alguien puede resbalar y caer. Una soga colocada sobre el final del barco, por donde sube la red, ofrece la última oportunidad de tirar el manotazo y quedar a bordo. La llaman “la soga de la vida”.

De modo que el accidente, aquello que es por definición lo imprevisto, en el pesquero es una posibilidad latente que acompaña cada movimiento.


¿CUÁNTO COTIZA UN DEDO?

Así como la industria pesquera clasifica la pesca por tamaño y especie, y descarta lo que no es comercializable (cola y cabeza), así, ante un accidente las compañías aseguradoras de trabajo evalúan el daño en función de la utilidad laboral: no todos los dedos tienen el mismo valor, y, por ejemplo, la mano derecha vale mucho más que la izquierda.

El cuerpo del trabajador está fraccionado y cotizado según un patrón de rendimiento.


PALABRA E IMAGEN

Dos elementos son vitales para la vida embarcado: la palabra, que implica la posibilidad del relato, y un apéndice tecnológico que ya forma parte del cuerpo de los marineros: el celular. Mediante el relato los trabajadores se mantienen unidos y alertas, hacen chistes que mantienen a todos despiertos, o se alientan a acelerar el ritmo de trabajo y de ese modo ganar tiempo de descanso. Si la palabra es lo que mantiene unido el grupo internamente (“tenemos que cuidarnos, somos como una familia” dice Marcelo), el celular ofrece la posibilidad de mantenerse unido con los afectos que están en tierra, hablar y mostrarles a través de fotos o filmaciones cómo se vive en el barco.


LUZ, CELULAR, ACCIÓN!

Marcelo Bustos registra el día a día en el barco: organización del trabajo, bromas entre amigos, tecnología industrial, cumbia. Los videos que se ven en la obra fueron tomados con un Motorola B360. No bien cobró su primer sueldo decidió que la mejor inversión era cambiar el celular. Ahora filma con un Nokia N95 que le permite editar el material que toma. Por ejemplo, para que uno de sus compañeros le envíe a su novia, Marcelo editó a bordo un clip con imágenes de la vida en el mar, y una cortina musical convenientemente romántica.


DAME UNA SEÑAL

En la zona de pesca no hay señal, así que cuando ocurre un accidente y el barco se arrima a la costa para recibir ayuda, la tripulación aprovecha a utilizar los celulares. La llamada en tierra se recibe con alivio y angustia. Alivio porque se tiene contacto con el familiar embarcado, y angustia porque se sabe que si hay comunicación es porque algo pasó ¿a quién? ¿y de qué magnitud?


Marcelo Bustos llega a escena con sus videos, su palabra, su mano izquierda, y su celular. Para nosotros, espectadores, no es una foja de seguro, ni un número para evacuación de emergencia, ni el costo a pagar por un dedo: es quien nos presenta su mundo y al hacerlo nos permite preguntarnos por el mundo en que vivimos.


viernes, 20 de noviembre de 2009

CON TORMENTA SE DUERME MEJOR


lunes, 16 de noviembre de 2009

CALADERO

1.

La función de teatro que preparamos dura lo que cualquiera de nosotros aguantaría arriba del barco en el que trabajó su protagonista. Es decir, siendo optimistas, más o menos media hora. Cualquiera de los ensayos de esta obra puede convertirse entonces en una lección de supervivencia, en la que el actor aprendiz termina instruyendo a la directora y a sus improvisados asistentes en los yeites de un oficio que ni siquiera imaginan.

Supongamos ahora que ustedes, espectadores en potencia, son también ya, en cierto modo, futuros discípulos de Marcelo. Y que yo, como un buen compañero, quiero contarles lo que aprendí hasta acá.

Arranquemos, si les parece, por el principio: no todos los pesqueros son iguales. Las embarcaciones se distinguen, por ejemplo, de acuerdo a su tamaño y correlativa autonomía para navegar. Las hay costeras, de media altura y de altura, en función de cuán lejos se internan en el océano. Otra clasificación, divide a los barcos según el arte de pesca que utilizan. Los hay “cerqueros”, “palangreros”, “poteros”, “tangoneros” o “arrastreros”, dependiendo del equipo y el método que empleen para la captura. Finalmente, los buques pueden identificarse en función de lo que hacen con lo que pescan. En este punto, hay que distinguir a los “fresqueros” de los “congeladores” y a estos de los “factoría”. Los primeros desembarcan el pescado fresco, con hielo, para que sea procesado en tierra. Los segundos congelan lo que capturan, a temperaturas inferiores a los 20º bajo cero. Los buques factoría, por último, están equipados para limpiar, eviscerar y filetear el pescado a bordo, que suelen congelar a menos de 40º bajo cero, lo que les permite permanecer más tiempo en el mar en busca de los mejores caladeros. En conclusión: ¿Qué clase de nave es el pesquero en el que Marcelo trabaja? El "Lubina"* es un buque de altura, equipado con redes de arrastre. O sea, un predador de porte, que esconde bajo su cubierta una planta frigorífica completa.

Lubina es el nombre de un pez que nadie vio jamás por estas latitudes, una especie “foránea”, característica del Mar Cantábrico. Se diría entonces que la cabeza puntiaguda de este pececito apunta, por un lado, en dirección a los sobreexplotados mares de la península Ibérica, en tanto su cola señala, por el otro, hacia los convenios que el gobierno de Menem firmó con la Unión Europea para permitir el ingreso masivo de congeladores y factorías de capital extranjero o mixto allá por 1994. A cambio de contribuciones financieras y algunas rebajas arancelarias, los españoles supieron ahogar la crisis de su industria pesquera en las generosas aguas de nuestra plataforma submarina. Lejano 1994 que nada pero nada tiene que ver con lo que pasa por aquí hoy


2.

Hay buques que persiguen una sola especie. “Todos -explica Marcelo- quisiéramos estar arriba de uno de esos”. El Lubina, en cambio, es de los que va por todas. Merluza hubbsi, merluza negra y de cola, abadejo, austral y polaca, brótola, raya y calamar, marujito, pampanito y saborín. Nada se salva, ni siquiera lo que nada vale. Lo que no se procesa se devuelve muerto al océano. La red, ese término amable que engalana nuestro imaginario conectivo y progresista, corresponde, allí donde nuestros celulares pierden señal, a un arma de destrucción masiva. Uno solo de los estrobos de la red (y tiene diez) captura de un solo saque una cantidad de pescado equivalente al volumen del escenario en el que esta obra tiene lugar. Eso es mucho, pero mucho pescado.


La estrecha trama de las redes del Lubina ha sido tejida a la luz de sus bodegas amplias e inhóspitas. Entre un extremo y el otro, entre la red y el congelador, están las bachas, las cintas transportadoras y los ductos, el mecanismo de acero inoxidable que a veces semeja el tubo digestivo de un animal fabuloso, la línea de montaje a través de la cual el cardumen se convierte en producto, y los tripulantes en operarios.

“Nosotros, ponele, si entramos a las 6 de la mañana a trabajar, terminamos nuestro turno a las 6 de la tarde. A esa hora se come, mientras entra la otra guardia. Entre que comiste y te bañaste, perdés una hora, así que te quedan 4 o 5 para dormir. A las 11 de la noche te levantan y a las 12 entrás devuelta a trabajar hasta las 12 del mediodía del día siguiente… son 12 horas por seis, en un día digamos que laburás dos veces.”

Una línea de montaje es una línea de tiempo. El anodino instrumento de una profesora del secundario aplicado a algo más rentable que la enseñanza del pasado. La línea es un arpón lógico que engarza cada gesto en una secuencia de causa y efecto. ¿No fue su inventor el que patentó también ese dictum, esa frase fuerza: “la Historia es una patraña”?


3.

De día o de noche, con brisa o con tormenta, la red se levanta y se vuelve a arrojar, puntual, cada cuatro horas. Lo que sigue es una carrera contra reloj. El apretado montón que por un instante levita en el aire salado de cubierta, cae de golpe a los pozos. Allí están para recibirlo Martín, Petaca y Marcelo. Imagínenlos, con el agua a las rodillas y a los manotazos: pescado grande por un lado, chico por el otro, hubssi para filet aparte, y lo que no sirve al agua. Sus delantales de hule se van cubriendo de escamas hasta que al final, son tres criaturitas plateadas que ríen y se insultan, exhaustas.

En la nave carnicera no hay trabajos peores, opina Marcelo, porque todos en cierta manera lo son. Una cinta metálica que se bifurca, enrula y vuelve unir, transporta el pescado de las bachas poceras al cortacabezas, del cortacabezas al cortacolas, y de ahí al lavarropas, como por un tobogán, hasta tocar, agrupados por tamaño y especie en sepulcros de cartón, el fondo nevado del buque, ahí donde espera el tunelero, con su traje de frío.

Fotos de Marcelo Bustos

En el medio, hay muchas manos jugando a la ruleta rusa con el filo de las sierras. La lógica de funcionamiento de la factoría flotante rompe el lazo entre lo previsible y lo evitable. El accidente va a suceder. Por eso, está en todos los cálculos. En el del patrón cuando contrata a sus abogados. En el de la ley cuando dicta que un brazo derecho vale más que uno izquierdo (no importa que seas zurdo), pero también, en el del peón de bodega que se saca un guante y deja que su mano se congele, para después pedirle con calma a un compañero que le sacuda una caja encima.

“Si no tenés vicios, con lo que sacás en cinco o seis mareas podés zafar, armar algo, poner un negocito”. Difícil encontrar alguien arriba del buque que no crea una suerte estar en él. “Mi sueño es volver a embarcar” dice Marcelo, y lo repite en escena, en cada ensayo, porque es en serio, porque de verdad es lo que quiere. ¿Somos capaces de atender a las razones de Marcelo y de sus compañeros, de ver en ellos otra cosa que simples víctimas de un orden de explotación salvaje, de establecer algún tipo de lazo entre su situación laboral y nuestra condición de asalariados municipales? La escena teatral también es una balsa de salvataje con la que intentar zafar del naufragio de nuestros prejuicios bienpensantes.

Cuando entra la guardia siguiente, el pescado que trajo la red hace apenas unas horas está listo para ser vendido a Europa sin haber siquiera tocado la tierra. En cubierta, un pibe no cumplió los 17 aprovecha lo que tal vez sea el atardecer para grabar con su celular nuevo un mensaje para su novia. Pero no será el balsámico rumor del agua lo que se escuche en la filmación, como banda sonora de sus promesas, sino el ruido del motor que acciona el movimiento perpetuo de la cinta. El mismo sonido que atesta la cocina y el comedor, y cambia en los camarotes los mejores sueños por pesadillas. “En el vientre de la ballena, Jonás sueña con el ruido del mar”. En una litera del Verdel, Marcelo Bustos sueña que trabaja.


* El barco, en realidad, lleva el nombre de otro pez, de similares características y proveniencia, que con Marcelo acordamos mantener en reserva, para evitarle cualquier posible problema con sus empleadores.

martes, 27 de octubre de 2009

TEATRO ENTRE UNA MAREA Y OTRA


Aunque Marcelo Bustos trabaja en un pesquero, los últimos meses los pasó en tierra. Y no en razón de esta obra, sino porque durante su último viaje el cabo suelto de una red de arrastre casi le arranca un dedo que ahora cuesta volver a mover. La chance de ver a Marcelo contar su trabajo en escena deriva de esa circunstancia laboral límite que puede llegar a resultar, sin embargo, algo que se espera.

“Cuando alguien se accidenta en el barco, y eso pasa por marea más de una vez, nos ponemos todos mal, pero también un poco contentos, porque el capitán tiene que arrimarse a la costa para que venga prefectura y se lleve al herido. Entonces sabemos que por un rato los celulares vuelven a tener señal y podemos llamar a casa...”

Cada temporada en alta mar dura lo que la tripulación de 50 operarios tarda en llenar a tope las bodegas glaciales del buque. Si todo va bien, la marea no pasa de los dos meses. ¿Cuánto tiempo se mantendrá esta obra en cartel? Lo que la ART tarde en reconocer el tratamiento que a Marcelo le corresponde, lo que dure el dolor en el pulgar de su mano izquierda, lo que alcance la plata que pudo juntar hasta acá.

“…y puede que cuando suene el teléfono, todos se asusten en casa. Porque saben que si llamás pasó algo, lo que no saben es si te pasó a vos.”