jueves, 6 de diciembre de 2007

MUSEO PERSONAL PEDRO MARTO

Los objetos que componen el Museo Personal Pedro Marto no son buscados por ningún coleccionista, no cotizan en el mercado de antigüedades, ni despiertan el interés particular de ningún experto. Son, se podría decir, objetos comunes, similares a los que cualquiera puede encontrar en su casa. Sin embargo componen un museo distinto a todos los demás.


Hay miles de moños de mozo, pero sólo el de Pedro Marto estuvo frente a Frondizi, Guido y Eisenhower. Hay miles de cuchillos de estibador, pero sólo el de Pedro Marto fue testigo de las hazañas del Caballo Ramos y de la huelga portuaria del ‘66.

Por eso, aunque ya no tienen un valor o un uso determinado, los objetos de este museo cumplen una última e imprevista función. Cada fin de semana, Pedro levanta el cubo de vidrio que protege sus cosas para dar comienzo a Marto Concejal, la obra en la que cuenta su vida.

En el pañuelo bataraz que transforma al estibador en una especie de héroe enmascarado, o en cierto libro que a fuerza de voluntad se salvó del fuego, toda una vida se hace presente, y con ella la historia argentina de los últimos años. Los objetos del Museo Personal Pedro Marto abren una escena y se transforman en teatro.

jueves, 15 de noviembre de 2007

PEDRO SUBE A ESCENA CON LA MISMA CAMISA CON LA QUE HASTA HACE UN RATO RECIBÍA AL PÚBLICO EN LA PUERTA DEL MUSEO

Pedro Marto sube a escena con la misma camisa con la que hasta hace un rato recibía al público en la puerta del museo. Pedro colabora con nosotros desde hace tres años. Antes, se sabe, hizo muchísimas cosas. Fue mozo, estibador, peón de circo, zanjero, candidato a concejal... De eso trata su obra y, sin embargo, él sube a escena con la ropa del día. En cierto modo, Pedro comienza a vestirse para su obra cuando la obra ya comenzó.

Viene la escena de la estiba y Pedro se anuda al cuello de la camisa el pañuelo bataraz que usaba para proteger su garganta de la granza y el polvillo envenenado. La escena finaliza, pero el pañuelo queda. Sigue el relato de sus días como mozo en los grandes hoteles de Bariloche, y Pedro se calza, justo encima del pañuelo, un moño, tal vez el mismo que usó para atender a Frondizi o Guido allá  por los años 60. De pronto, uno tiene la impresión de que este detalle en apariencia incongruente deja entrever algo decisivo.

Pañuelo bataraz y moño de raso provienen de tiempos y lugares distintos. Sin embargo permanecen ahí, uno sobre otro sobre el cuerpo del actor, a lo largo de escenas a las que, de manera manifiesta, no corresponden. Están ahí cuando Pedro dibuja el rostro de su hija, cuando lee emocionado la carta que ella le manda, cuando toma el micrófono para cantar una canción. Y continúan ahí cuando se escucha el aplauso final.


¿Por qué moño y pañuelo permanecen juntos? Quizás porque esta obra no quiere ser del todo fiel a ese metro patrón de las vidas que llamamos biografía. De pronto, no son el moño y el pañuelo los que están fuera de lugar, sino las formas habituales de contar la historia de un trabajador.

La juiciosa cronología dice que Pedro Marto fue primero mozo y después estibador, pero acá el estibador llega a escena antes que el mozo, y lo que es más importante, el mozo que con equilibrio delicado camina con una pila de libros sobre la cabeza no deja de ser en ningún momento el estibador que realiza el  brutal esfuerzo de cargar una bolsa de 70 kilos.

Moño y pañuelo permanecen juntos porque antes que representar la historia de Pedro, la obra apuesta a poner su memoria en acto, en la exacta medida en que ese acto, el acto de recordar cualquier hecho del pasado, es capaz de poner en juego, aquí, ahora, el pasado en su conjunto, más allá y más acá de los dudosos límites que definen una "existencia individual".

Es una canción que aprendió de su mamá la que, al final de la obra, Pedro le canta a su hija, apretando entre sus manos el pañuelo que ceñía su boca durante los turnos de estiba, pedazo de tela que, puesto bajo un microscopio, tal vez aún exhiba restos de granza y veneno, minúsculas partículas del modelo exportador que también habrá que tener en cuenta a la hora de escuchar esa, su bella voz.

lunes, 5 de noviembre de 2007

NOCHE DE ESTRENO

Llegó el estreno de MARTO CONCEJAL, y fue conmovedor, y superó todas las expectativas que teníamos. No da el blog para comentar la obra, sí para decir que luego del aplauso final, y la invitación a comer y tomar algo, la noche se prolongó bastante. Todos los presentes querían hablar o bien con Pedro, o con Natalia, o con Reynaldo, o con cualquiera de nosotros, Nico, Esteban, Analía, Carlos, conmigo. Es muy difícil escribir inmediatamente después, pero siento que la experiencia de este tipo de trabajos está al límite en muchos sentidos, como teatro, como documento, como biografía. Alguien me dice en la charla posterior que en la obra ve la historia personal y la historia argentina unidas no tanto en un relato sino más bien en un cuerpo. Alguien pregunta por una historia más o menos inconclusa. Alguien dice que el museo está vivo. Después le piden a Pedro que cante un tango, y Pedro canta.
Supongo que en unos días podré escribir algo más sereno, hoy todavía cargo con el sacudón del estreno. Van algunas fotos para compartir.
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viernes, 2 de noviembre de 2007

¿QUÉ ES UN ARCHIVO? (SEGÚN VIVI TELLAS)

A un día del estreno de MARTO CONCEJAL, fragmentos de un texto inédito de Vivi acerca de su experiencia en el teatro documental, qué es un archivo, la teatralidad fuera del teatro, el UMF, cómo secuestrar un intérprete, y otros conceptos de utilidad:

Desde hace unos cinco años todo mi trabajo gira alrededor de una idea: buscar teatralidad fuera del teatro. Hice cuatro obras que prefiero llamar “archivos”: Mi mamá y mi tía, Tres filósofos con bigotes, Cozarinsky y su médico y Escuela de conducción. En todas he trabajado con personas comunes y con los mundos reales a los que pertenecen.

Mi premisa es que cada persona tiene y es en sí misma un archivo, una reserva de experiencias, saberes, textos, imágenes. El punto de partida es muy simple: veo algo o alguien que me entusiasma, me emociona, me despierta curiosidad, y muchas veces estoy sola y pienso: “Qué bueno sería poder compartir esto”. Por eso decido ponerlos en escena: porque tengo ganas de desplegar y compartir lo que descubro en cierta gente o ciertos mundos. De modo que tomo ese mundo, hago un procedimiento, le pongo mi mirada y después muestro la sustancia que resulta.
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En todos los casos son mundos que he experimentado en persona. Ésa es la primera condición para que puedan convertirse en archivos teatrales. La segunda es que tengan algún coeficiente de teatralidad. La zona de los mundos que me interesa es ese umbral en el que la realidad misma parece ponerse a hacer teatro: es lo que yo llamo Umbral Mínimo de Ficción (UMF). [Fiction Minimal Threshold] Hay UMF, por ejemplo, en la tendencia natural a la repetición que tiene el comportamiento humano.
Creo que en todo no actor hay una “actuación”, pero es una actuación siempre amenazada; está signada por el azar, el error, la falta de solvencia. Lo que los archivos ponen en escena es una tentativa de actuar; por eso, porque es esencialmente inocente, la actuación del no actor produce incertidumbre: no hay garantías, de modo que el espectador nunca sabe qué va a pasar, si la obra saldrá bien o si simplemente llegará a su fin, si no la interrumpirá antes algún accidente.
Al principio, durante el trabajo de mesa, no busco nada en particular. Más bien veo qué traen ellos, qué es lo que cuentan primero, cómo eligen presentarse. Tengo algunas pautas, como unas boyas que me sirven para ir buscando cosas: documentos escritos (cartas que hayan escrito o recibido, por ejemplo), fotos, imágenes, objetos que sean importantes para ellos, cosas que los obsesionen. Me interesan mucho los accidentes que puedan haber sufrido. Y también cualquier contacto que hayan tenido con el cine, el teatro, la música; con el arte y los medios, digamos. Lo que más me interesa, por supuesto, es si tuvieron alguna relación con la escena, si hicieron teatro. Ese primer momento es muy extraño, porque la gente no le da valor a nada de lo que trae. Es como si nada tuviera importancia para ellos. Yo soy la que pone el valor.
Creo que, sin proponérmelo, todos los archivos rozan el problema de la extinción de un mundo, una sensibilidad, una manera de vivir. Son obras sobre “los últimos que…”, sobre “lo que queda de…"
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viernes, 26 de octubre de 2007

EL ENGRUDO, INGREDIENTE CAPITAL DE LA CIENCIA POLÍTICA

Esta mañana comenzó la pegatina de afiches de la obra “Marto Concejal”. Analía y Esteban, balde y cepillo en mano, recorrieron la avenida Juan B. Justo hasta los confines mismos del Bulevar. Quedan para la semana próxima, Saladero y White.
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Analía y Esteban, incansables, bajo el sol del Bulevar Juan B. Justo.

1. Distribuya el engrudo en forma abundante, previo
estudio de la rugosidad y pulcritud de la superficie seleccionada.

2. Presente y repase con el cepillo, con movimiento parejo y seguro.

3. Voilà. El éxito de la obra está casi asegurado.

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miércoles, 24 de octubre de 2007

HISTORIA CON NOMBRES PROPIOS

Cuando en el año 66 los estibadores de Ingeniero White inician una huelga, Pedro Marto viaja al sur en busca del trabajo que ya no encuentra en el puerto. Recorre durante diez años la patagonia, es asistente de payaso en un circo, se emplea en una chacra, vende fruta, busca algas, y, entre changa y changa, hace un paso fugaz por Bariloche, donde había crecido e incursionado fugazmente en la industria cinematográfica como extra en una película de Armando Bo. Eran los años de su infancia, y también en el colegio Cardenal Cagliero, donde Pedro era pupilo, se hacían sentir los ecos de la revolución libertadora, en un conflicto entre un libro y una sotana. Vendrían, después, tiempos de hotelería y gastronomía junto al Nahuel Huapi, y la atención a celebridades de la política nacional e internacional.

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Pedro y el libro salvado del fuego santo
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¿Habrán sospechado, acaso, Frondizi, Guido y Einsenhower, que el mozo que los atendía era un colega que años más tarde se presentaría como candidato a concejal en Bahía Blanca en representación de su barrio, el Saladero, y de otros muchos barrios de la periferia?
Marto concejal es la biografía de Pedro Marto, pero también un recorrido por la historia argentina de los últimos años, porque obviamente, ninguna vida se da en el vacío, y ninguna historia puede contarse sin nombres propios.
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MARTO CONCEJAL

La obra tiene fecha de estreno: sábado 3 de noviembre, 20 hs. y también tiene título: MARTO CONCEJAL. Mañana sale de imprenta la primer tanda de afiches, réplica del afiche de campaña del Frente para la Justicia Social que, entre otros, candidateaba a Pedro Marto.
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Pedro en una de sus incursiones musicales, no es la única en MARTO CONCEJAL

Luego del fin de semana de trabajo con Vivi, estamos ajustando algunas cosas, Pedro sopla con ganas el clarín, ensaya su discurso de campaña, entona unas estrofas, Natalia le pide repasar la presentación de los objetos que componen su carro-museo, Esteban respira aliviado porque finalmente no aparecerá en escena haciendo de mozo, Reynaldo da los últimos retoques al Museo Personal Pedro Marto, y va y viene un paquete de harina para preparar engrudo. Todo listo para el estreno.


EL SALADERO WESTERN (texto de Esteban Sabanés)

Se esta armando el Saladero Western. Pedro no persigue a los indios ni su cabeza tiene precio. Es asistente de payaso en el circo Sudamericano y una de sus tantas ocupaciones es cuidar y mantener limpios a los elefantes. Sueña, cada vez que se asientan en algún pueblo, que al levantar campamento y tomar la ruta, se arme algún quilombo, un tiroteo feroz, que pase a todo trapo una partida de jinetes yanquis , recién salidos de afanar un banco y atrás, dos ayudantes del comisario –unos pibes con cara de susto- que disparan al aire y le responden y uno de estos policías, cae ruidosamente, levanta polvo pero ya no se mueve. Los cow-boys asaltantes, parias, sin madre ni patria, se alientan entre ellos, a puro griterío se alejan por aquella pedregosa ruta provincial mientras Pedro sabe que a lomo de elefante no se le va a poder sumar, los vio pasar y esta embaladísimo. Es de no creer. Pedro también es joven como el muerto que quedó al lado pero jamás se le ocurriría estar de ese lado, ¿protegiendo la ley?, ¿disparándole a estos gauchos sin bombacha que son pura admiración? No.
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Pedro con el bataraz, símil bandolero del far west

La patagonia es claramente el far west. Caminos de tierra, largas distancias entre poblados fantasmas. Un lejano y ventoso sur que, sin embargo, congrega: rabiosos curas pirómanos, presidentes que tienen ya su suerte echada, payasos con navaja y gitanas en busca de un amor que las redima para siempre. En medio de este furioso cocoliche va Pedro, cuidador de elefantes, armador de carpas, en compañía del resto de los que trabajan en el Circo Sudamericano, en plena epopeya por las rutas del sur.

miércoles, 22 de agosto de 2007

YA ESTAMOS ENSAYANDO

Archivo White es un proyecto experimental de hibridación de arte y documento. Se inició en 2006 con Nadie se despide en White, muestra del taller de teatro documental que coordinó la directora teatral Vivi Tellas y que contó con la participación de Jorge Habib, Natalia Martirena, Rodrigo Leiva, Miguel Mendiondo, Raúl Lázaro y Alexis Mondelo, quienes trabajaron con vecinos de Ingeniero White y Bulevar para llevar sus vidas a escena. Así, el 16 de Diciembre de 2006 vimos a Atilio Miglianelli y Luis Firpo, Juan Califano y Rita Aversano, Pedro Marto, Sarita Capelletti, Osvaldo Ceci, Mario Mendiondo, Pietro Morelli y Pedro Caballero, y a los bomberos voluntarios de Ingeniero White, como intérpretes de sus propias biografías en un evento multitudinario.
En julio retomamos el proyecto, con la intención de desarrollar cada propuesta. Se trata de escuchar, combinar saberes, experiencias, poner en escena el juego de relaciones que llevan al museo a convertirse en un espacio de cruce, de emergencia de voces y relatos. El museo vuelto teatro, el teatro vuelto museo personal.

Pedro Marto, quien fuera estibador, mozo, candidato a concejal, alguero, campeón de tango, extra en una película de Armando Bo, ayudante en un circo, presidente de la sociedad de fomento de Saladero, entre otras muchas cosas, ensaya bajo la dirección de Natalia Martirena, y el aporte del equipo del Museo. Un western en el barrio Saladero.
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Pedro repasa su discurso de campaña, Natalia lo sigue

Paralelamente, comienza a tomar forma el Museo Pedro Marto, primero de una serie de Museos Personales que se incorporan al proyecto Archivo White.



lunes, 14 de mayo de 2007

EFECTO DOMINÓ

Cuando comenzó este proyecto decíamos que nos interesaba pensarlo como proceso, como una suceción de hechos que pudieran prolongarse en el tiempo y a la vez mutar, desplegarse en distintas direcciones. Algo de eso sucedió, por ejemplo, con Sarita Capelletti y Rodrigo Leiva, que luego de conocerse en Archivo White compartieron escenario, y todo indica que seguirán haciéndolo. Ese espacio de sorpresa, que nos deparó la aparición de Hugo Llera y de Manuel Montes (ver entradas anteriores) se continuó con la aparición virtual de un vecino whitense, al que llamaremos El Whitense Misterioso (hasta tanto él se decida a develar su doble personalidad), una especie de superhéroe de la memoria local que nos envía páginas y páginas de crónicas whitenses que iremos publicando de manera espaciada bajo el título de White Profundo. Y arrancamos hoy con:

Los nombres … personas y hechos de estos relatos no son de ficción … pertenecen a una realidad de tiempo y espacio determinados, y cualquier comparación con la ficción son solo producto de la casualidad, si existe, o de su propia imaginación.

Podrá o no ser esta parte de la historia no contada de mi pueblo, con todo respeto para quienes consideren que no hay bronce suficiente para tanta gloria y, con las mejores intenciones colocan en parte de la historia de Ingeniero White a quienes ellos consideran los verdaderos artífices de la misma, es que me tomo el atrevimiento de jugar, sin el mas mínimo sentido de la cronología, con lo que yo considero es también parte importante de la historia de mi pueblo, y no es otra cosa que el relato de acontecimientos, anécdotas, formas de vida, la inclusión de personajes y personalidades, la vida y obra, los sueños, las miserias, y las alegrías de una sociedad en un lugar determinado de tiempo y espacio que pertenecen y seguramente seguirán perteneciendo a una generación extraordinariamente rica como para no incluirla en una parte importante de la historia de mi pueblo, y por ello es que estos relatos no autorizados, estas historias no contadas, inconclusas y no exactas muchas de ellas, necesitan de piezas claves para armar el gran rompecabezas de la historia definitiva, y por tal motivo es que propongo comenzar a unirnos, mas allá de las diferencias que creo podrán ser solo conceptuales, y que nos permitan hacer participes a las mujeres y hombres comunes de la verdadera historia de Ingeniero White .

whitense54@yahoo.com.ar

Solo para entendidos


Por estas cosas maravillosas de Internet, encontré unas historias hermosas e interesantes de gente que alguna vez conocí, porque eran o son de mi pueblo, de Ingeniero White, cerca de Bahía Blanca, para ser más preciso, es su puerto. Nuestra generación les decía casi despectivamente, a los de Bahía, que esta existía porque tenía el puerto, que por esos tiempos era la fuente de trabajo, junto al Ferrocarril más importante de la región.
Y estas historias que leí con algunos nombres conocidos y diría hasta familiares de mi pueblo, en una página donde se cuenta sobre su museo Ferroportuario, y sobre la historia misma de mi pueblo, con nombres como el de Mendiondo o Pedrito Caballero , Califano, Ceci y tantos otros, me llevo a escribir sobre otros nombres comunes y no tanto, que pertenecieron o pertenecen a mi pueblo, y que por cierto me gustaría que en una especie de rompecabezas pudiéramos armar entre todos … entre muchos … porque son los hombres y mujeres que pertenecieron a una generación determinada en el tiempo y el espacio, pero que tuvieron siempre la impronta del sentido de pertenencia… fuimos … somos y seremos de White … Whitenses … como Atilio … Atilio Miglianelli, cuantos saben que Atilio se llamaba Miglianelli, un símbolo, un estandarte , una bandera, lo encontrabas en el puerto o en la pileta de Comercial, los pibes lo mirábamos como si fuera Tarzán , siempre bronceado y con su cuerpo escultural envidiable, fue para nuestra generación un referente, como tantos otros, que vaya a saber la vida que deparo para cada uno de ellos, y a quienes nombraré, quizás de a poco o en sucesivas historias, comentarios, o en el devenir de mi memoria que para la ocasión espero no me falle … y jugaré así con ustedes y espero junto a ustedes, sin nombrarme, porque mi intención es que a este rompecabezas le falte una pieza , y que precisamente, sea yo … invitando, por cierto, a que lo completen enviando un mensaje con mi nombre o con los nombres que ustedes crean y que estoy seguro derivaran en otras tantas historias … obviamente quienes hayan descubierto mi nombre recibirán en forma inmediata mi respuesta … y así quizás comience otra historia.

whitense54@yahoo.com.ar

martes, 27 de febrero de 2007

ALBUM DE FOTOS

Alguien me dice: "no subieron fotos de Nadie se despide en White". Cierto, e imperdonable. Van unas cuantas.
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Vivi Tellas y bomberos voluntarios de Ingeniero White
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Sarita y Rosana Fernández, hiperkinética cantante, en la Casa del Espía
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Jolgorio y algazara en el bar de Pedro
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Osvaldo Ceci enfervoriza al público en el miriñaque de los ferroviarios
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Rita y Juan, cuando empezaba a atardecer y el público iba llegando
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Atilio Miglianelli, máquina de firmar autógrafos
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Bomberos en el parque del Castillo, despliegue monumental

viernes, 23 de febrero de 2007

EL PAPELITO DE MONTES (texto de Ana)

Llegué a la casa de Manuel Montes, y me encontré un vergel en medio del paisaje salitroso y polvoriento del Bulevar. Montes, que trabajó en el galpón de locomotoras hasta hace 13 años como mecánico y supervisor, estaba con Llera el día de “Nadie se despide en White” sentado en el miriñaque, como un protagonista más.
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Manuel Montes bajo el parral de su casa en el bulevar

Le pregunto cómo es que fueron al museo a ver “Nadie se despide en White”. Y me cuenta: Le digo a Llera ‘¿qué te parece si vamos? Voy a averiguar el horario’. Y fui acá, al almacén y ahí encontré un papelito, le digo a la chica que estaba ahí: “¿me puedo llevar este papelito?”. “Si, si hay mas”. Lo veo a Llera y le digo: “Mira, acá tengo este papelito”. Y al día siguiente se fueron al museo, los dos, a ver qué era eso, en colectivo: Llera le dice al chofer: ‘¿Nos puede llevar hasta la bajada del puente?’ ‘Si, suban, suban’. Allá mismo nos bajamos y allá enseguida nos encontramos los muchachos, todos, este pibe que teníamos de soldador, Mendiondo, y Caballero, que yo lo tenía de ayudante, ahora se jubiló también él, y Ceci, que era jefe nuestro, era inspector, él siempre venía con sus revistas, yo las agarraba, ‘ahí la tenés, Montes’.
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Manuel y su mujer Eusebia


martes, 20 de febrero de 2007

HUGO LLERA Y LA HUELGA DEL 58 (texto de Ana)

Durante “Nadie se despide en White”, Ceci habló de las huelgas de la época de Frondizi, de los planes para destruir el ferrocarril y, como les sucede a muchos ferroviarios, habló de la huelga del 58 y de la huelga “grande” del 61 como una misma cosa: la marcha de los 4000 ferroviarios por la avenida Alem el 1 de diciembre de 1958 al Vº cuerpo de ejército, los atropellos sufridos en el galpón durante la “movilización”, la lucha contra el plan Larkin. Al llegar a ese punto Llera no solamente debe haber recordado cómo empezó a repartir pescado en 1961.
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Ferroviarios desfilan por Av. Alem rumbo al V cuerpo de ejército en el año 58

Cuando estuve en la casa de Llera, conocí también a su señora. Ella hace más de treinta años que está en la cama, sin poder caminar. La causa de su invalidez es incierta.

Después de hablar sobre las palomas, el trabajo en el galpón de locomotoras y el reparto de pescado, le pregunté ¿y en el 58? Ah! Ma vale que yo fui a la cárcel, ojo, que fuimos a la plaza y después nos llevaron a la cárcel. Y me cuenta cómo acordaron ir a “presentarse” al regimiento, y cómo los llevaron a todos (¡¡¡¡a los 4000!!!) a la cárcel, y al día siguiente un grupo fue llevado en tren a la base naval Puerto Belgrano, y cómo los trataron en el cuartel y cómo al final tuvieron que volver a trabajar.
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Ferroviarios bajo custodia del ejército durante la huelga del 58

Y yo digo que fue ahí cuando... Mi señora fue con un grupo de chicas, fueron a gritar allá, al ejército, por que nos largaran, entonces las amontonaron y les empezaron a pegar con las bayonetas, les pegaron acá en la espalda, hasta que las hicieron retirar y yo calculo que debe haber sido eso que le debe haber afectado algún nervio, porque después de ese entonces empezó a ... Si se iba a White con los chicos al colegio, cruzaba la playa todos los días, dos veces, iba y venía, nunca tuvo problema, el doctor dice que no, yo digo que sí ...

miércoles, 14 de febrero de 2007

HUGO LLERA, FERROVIARIO Y PESCADERO (texto de Ana)

Vinieron a ver el ensayo general de “Nadie se despide en White” y terminaron saliendo en el diario en la foto junto con sus antiguos compañeros del galpón. Hugo Llera, y su vecino Manuel Montes no estaban en el “elenco” de Miguel Mendiondo, pero al sentarse en el miriñaque con Ceci, Mendiondo, Caballero y Morelli, y al estar como espectadores ahí en medio de la escena mostraron que ellos también eran, al mismo tiempo, protagonistas de esas historias. ¿Qué cosas habrían recordado Llera y Montes mientras los escuchaban en silencio? ¿Qué tendrían que ver con sus vidas esos relatos?
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Hugo Llera con su moto frente a su casa en el bulevar Juan B. Justo

El viernes 9 fui a ver a Hugo Llera a su casa en el Bulevar, frente al galpón.
En ese momento llegaba en su moto con el cereal para sus 150 palomas: desde los nueve años soy colombófilo, es una pasión, como al que le gustan las carreras de caballos. Llera me llevó a ver el palomar en el patio de su casa, con los pichones, los reproductores, los buchones, el cereal y me explicó con todo lujo de detalles cómo las “corren” las palomas. Y me contó de su ingreso al ferrocarril, de su carrera en el galpón de White, como peón paleando carbón al principio, hasta llegar a mecánico y oficial ajustador, y el trabajo en el puerto, en el “pique” como se le decía antes a la estiba, y lo más importante, para él: 45 años en la calle, repartiendo, pescadero, hasta el año pasado.
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Llera en el patio de su casa, junto a las palomas

Las cuentas nos llevan ahí, a ese año, a 1961, el de la huelga grande de los 42 días. Contale, contale cómo empezaste a repartir, dice su hijo Daniel, y eso está bueno, porque ya hemos escuchado muchas veces cómo los pilotes del muelle de White quedaron sin un solo “músculo”, en el 61, cómo los negocios de White fiaron a sus clientes ferroviarios durante los días de huelga, y como uno agarró de ayudante de albañil, y otro empezó a hacer muebles metálicos, y otro hacía changas de lo que sea, y cada vez que uno escucha a un ferroviario sobre este tema es como una nueva vuelta de tuerca, una nueva faceta que sale a la vista. Porque la cosa era cómo “vivir” durante esos días que no se sabía cuántos iban a ser, y por eso, con un cambista amigo que ya no tenía ni cinco guita, ya no tenía a nadie a quien pedirle prestado en el bulevar, piden fiado dos o tres cajones de pescadilla, salen con un carrito tirado a caballo que se habían hecho para ir a cazar, y empiezan a las ocho, y a las diez ya no tienen nada. Así, después que terminó la huelga, siguieron, luego Llera siguió solo, con su carro y caballo Pampero, yendo una vez por semana a Villa Mitre, Noroeste, Villa Rosas y dos días al centro. Por eso siempre pidió el turno de noche, para poder llegar a casa a la mañana temprano, preparar el filet y salir, 45 años arriba de este carrito, algunos clientes me llaman, todavía, para ver como ando.

sábado, 3 de febrero de 2007

NADIE SE DESPIDE EN WHITE, NI SIQUIERA LOS MUERTOS IV (texto de Ana y Nico)

Mario conoce a muchos en este cementerio, pero no a todos visita. No todos están en "el mapa". No todos son sus "clientes". Así llama Mario a sus amigos. "Mis clientes". Antes de ser ferroviario, Mario fue ayudante en una lechería. Durante nuestra recorrida, recuerda con gusto sus aventuras como repartidor de leche. Y si bien Mario ni siquiera flores lleva consigo, podría decirse que su paseo guarda en secreto la lógica del reparto. El reparto suponía una regularidad y esa regularidad la posibilidad de una relación entre vendedor y vecino en la que el sentido hoy habitual de la palabra "cliente" se trastoca por completo. Ante la fotografía de dos ancianos, Mario dice: yo les dejaba leche... y ella, en invierno - tomá, tomá-, me decía, yo tenía 13, 14 años, -una copita de anís-, o algo, -para calentar el cuerpo-." Son sus clientes quienes fueron generosos. "¡Cómo te vas a olvidar de esas cosas, era buenísima la vieja..!" También quienes han padecido los rigores de un destino mezquino. Esta es la tumba de Pedro Dieguez, ferroviario.
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Tumba del ferroviario Dieguez

No tiene cruz, ni siquiera nombre, pero figura, nítida, en el mapa. En el plano hay jugadores de fútbol que Mario admira, pero que recuerda por lo que "eran también afuera de la cancha", hay algún político cuya sencilla lápida da fe de una vida honesta, y hay muchos "pícaros", esos que como él, robaban gallinas "para comer entre todos". Generosidad y capacidad de trabajo son, en este mapa, puntos cardinales. Por eso el lugar culminante del recorrido es la visita a la tumba de su hermano Juan Carlos. A este, yo lo haría santo, te lo juro, es lo más grande que hay. Mario elaboró una lista en la que figuran todos sus hermanos, una suerte de ranking para establecer cual de ellos fue el más trabajador. Mirá: en la lista, yo llevo laburados sesenta años, él murió a los 43 y lo tengo primero a él en la lista que yo hice, una lista, un promedio: primero él, segundo Alberto que vimos allá, de trabajadores, ¿no? bestias, y yo me coloco tercero... yo estoy tercero, respeto la tabla de posiciones.

Mario se persigna en la recorrida por el cementerio

Eso sí, aunque sabe muy bien donde están, en el mapa no hay carneros, no hay ni un solo hijo de puta. Decidiendo frente a qué tumba se detiene, Mario reivindica su derecho a administrar, cada semana, un poco de justicia: un pingazo dice de uno; de otro ¡un hombre de gaucho! y de tantos: ¡era de bueeeno!. Otros, en cambio, le inspiran desprecio. Después de evocar brevemente su egoísmo, pusilanimidad o falsedad, los arroja de nuevo, hasta la semana que viene, al barro de la bronca que él supone podría provocarles ese castigo.

Mario lleva saludos, a veces noticias ("vas a tener otra nieta"), a veces preguntas. Su paseo pone en movimiento el lugar por excelencia inmóvil. El mapa que lo guía, ese mapa que lleva en la cabeza, resulta entonces menos útil para establecer límites que para borrarlos. No sirve si se quiere fijar con él, de una vez y para siempre, la frontera entre la ciudad de los vivos y la de los muertos. Su trazado sinuoso por sobre la cuadrícula del cementerio municipal, nos orienta en cambio a través de las cambiantes relaciones que los muertos establecen con los vivos. El hijo de tal, dice Mario, es el que hizo el otro día la instalación de las cloacas en su casa, al hermano de tal otro lo encontró hace unos días en una cena que se hizo en el Bulevar; con la mujer de aquel charla de vez en cuando.

"...en invierno - tomá, tomá-, me decía..." Cuando Mario habla así, ya no son las vereditas empinadas del cementerio las que pisa, son -amplias, ventosas, adoquinadas o de tierra – las calles de White y del Bulevar. Andando por ellas, el anís vuelve a darle calor.

martes, 23 de enero de 2007

NADIE SE DESPIDE EN WHITE, NI SIQUIERA LOS MUERTOS III (texto de Ana y Nico)

Cada domingo Mario Mendiondo visita el cementerio. Sus repetidos paseos han ido asentando las líneas de un mapa que, afirma, lleva "grabado en la cabeza". Este es un mapa paradójico, ya que no existe al margen de los itinerarios que le dieron origen, ni permite por tanto la simultánea contemplación de diferentes espacios que es propia de los mapas ordinarios. Se trata de un mapa adentro de una cabeza. Un mapa así sólo se despliega en el tiempo, en la forma de un relato o de numerosos relatos que el mapa cumple justamente la función de articular.
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Mario Mendiondo en el cementerio de Bahía Blanca

En esta cartografía narrada hay numerosos parientes. Mario habla de "parientes" incluso cuando el vínculo es remoto o difícil de establecer. "Ahora vamos a ir a Chinin, una piba, casada con hijos; al marido de esta chica, encontré la foto [de ella] tirada en el suelo, y le hablé; la hermana se casó con un primo mío..." Tal vez porque nació en una familia que era casi tan grande como un pueblo -"cuando mi viejo murió, mi madre tenia en la panza al número diecisiete"-, Mario necesita a todo Ingeniero White y a media Bahía Blanca para contar su propia historia. "¿Te acordás esa piba que vimos, que murió, que el marido... bueno, acá están los padres, muy amigos de mis suegros..."

La recorrida incluye también a sus compañeros del galpón de locomotoras. Visitamos al "gordo" Amadeo, al "sordo" Capella, a los "gringos" Colanieri y Di Cicco; a un tal Anselmi, que ganó la guita loca trabajando con el guinche, al Coco Arcidiacono, que fue jefe de chapería y a Blanco, que era estopero; a Camacho, Marcaccio, Altairo, Iriarte y Tortosa, a los maquinistas Cesari, Lopez y Aliatta, a las familias Cristini, Natali, Saralegui y Sarcou -todas ferroviarias-, a Morán, que trabajaba en Vías y Obras y su suegro, que era herrero... la lista sigue.
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Francisco Zammattaro, ferroviaro legendario, de frecuente aparición en los relatos de Caballero, Mendiondo y Ceci, entre otros.

Mario no nos cuenta la vida de cada uno de sus compañeros. En ningún lugar se detiene por más de unos minutos. Está mas preocupado por ligar un nombre con otro que por completar la historia detrás de cada nombre. Así, toda una vida se concentra a veces en el recuerdo de un solo detalle. Del famoso Zammattaro: "¿Sabés que hacía este cuando estábamos trabajando? Se sentaba en el martillo. Daba vuelta el martillo y se sentaba encima, capaz que estaba una hora sentado en la zanja, arriba del martillo...". Cada amigo o compañero posee un rasgo único, algo que, podría decirse, "lo diferencia para siempre entre los hombres". Lo curioso es que ese preciso sentido de lo singular condensado en una anécdota o en un sobrenombre, no se explica sólo por los atributos de una memoria individual, supone también, en buena medida, lo que muchos otros alguna vez han observado y contado. "Juan Micone, pobre, miralo, un ojo de vidrio tiene; echó carburo para desinfectar un pozo, una letrina, y... perdió un ojo, pobrecito". También Pedro Caballero recuerda esta historia, y es probable que también la contasen Zammattaro, Marcaccio, Altairo, Iriarte. El mapa de Mario, el relato de la propia historia y el de las historias ajenas, supone, en cierta forma, esta elaboración colectiva.

miércoles, 17 de enero de 2007

NADIE SE DESPIDE EN WHITE, NI SIQUIERA LOS MUERTOS II (texto de Ana)

¿Querés saber quiénes son estos? El que pregunta es Mario Mendiondo, parado frente a un conjunto de lápidas en el cementerio de Bahía Blanca. Son las 9:30 hs de la mañana del domingo 7 de enero, y es el inicio de un recorrido que ha de prolongarse por tres horas. El inicio de este encuentro, sin embargo, hay que buscarlo más atrás, hace cinco años, cuando a Mario lo operaron: a mí me sacaron un tumor, me caí muerto, dice, pero mirá ahora qué bien estoy. Desde entonces, cada domingo repite el mismo itinerario, deteniéndose unos pocos minutos frente a las tumbas de sus familiares, sus amigos, sus vecinos de White y de Bella Vista, y sus compañeros ferroviarios del galpón de locomotoras.
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¿Querés saber quiénes son estos? Mario Mendiondo nos guía por las callecitas del cementerio de Bahía Blanca

Mario sigue un plano para guiarnos a través de las callecitas, avenidas, bóvedas, escaleras y galerías con nichos. Visitamos no menos de doscientas tumbas. De muchas otras personas cuyo nombre e historia conoce, señala la tumba desde lejos, o simplemente pasa indiferente: a este me lo salteo, o: ese no es cliente mío. Si no le merecen ni respeto ni pena dice, como Virgilio, ni hablemos de ellos, solamente mirá y seguí de largo.

Cuenta que si en su habitual caminata identifica la tumba de algún otro conocido, lo agrega: todo calculado, todo diagramado, siempre el mismo recorrido; miro, y si veo algún conocido, ya lo meto en el plano, a este, por ejemplo, hace dos domingos que lo metí.
Se detiene frente a una tumba y saluda: hasta el domingo, querido. Frente a otra se persigna en silencio, y en otra dice en voz alta: Bueno, Gordo, vas a tener otra nieta! Cada tumba es la ocasión para un relato: El sordo Della Negra, que está acá, le decíamos “el sordo”, laburaba en el galpón, viste, era dañino, hacía la grasa con arena, y tiraba, sabés cómo dolía eso, pobre sordo, era terrible, era.
Y cuando retoma la marcha anuncia: Bueno, ahora vamos a ir a otro de White.

(esta historia continuará...)

jueves, 4 de enero de 2007

OSVALDO CECI: QUÉ SIGNIFICA ACTUAR (texto de Ana)

Osvaldo Ceci no faltó a ningún ensayo. Y cada vez que hablaba, su voz potente resonaba en todo el museo. No sólo en los ensayos, durante Nadie se despide..., entre la sirena de los bomberos, la bocina de locomotora, los aplausos que venían de un lado u otro, y el público que iba y venía, el relato de Osvaldo se escuchaba en todo el taller.

El era el jefe, en el galpón. Por eso, cuando vió a sus compañeros de cartel dijo:
“ah, casi podemos armar un turno”.
Osvaldo no se queda atrás a la hora de contar anécdotas:

“Resulta que a todos no los conocés, viste, mando dos de aguateros, para dar 24 mil litros de agua... el que esta arriba abre la puertita, pone la manga, y le dice al otro: que, que, abrí el grifo, que, que ya está... Y el otro de abajo le dice: que, que no me hagas burla, que, que es una enfermedad lo que tengo, entonces el otro de arriba le dice: que, que entonces estamos los dos enfermos. Claro, ¡eran los dos tartamudos!”
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Osvaldo Ceci al medio, con chomba verde, llave descomunal y actitud ferroviaria (otro día explico por qué los Fab Four del riel terminaron siendo seis)

Escucha los elogios a su rectitud, solidaridad y coherencia, y cuando Mario Mendiondo cuenta que una vez, uno al que le decían el mejicano, lo provocó tanto a Ceci que terminaron los dos a las trompadas en el abanico, “se cagaron a trompadas, pero una paliza, porque caían los dos, eh, dos guapos, eran”; y, que él, el capataz, terminó, y siguió su trabajo como si nada y que si hubiera informado, lo echaban a este mejicano, Osvaldo reacciona con modestia:
había estudiado derecho romano, seguridad en el trabajo, y todo, y no podía cometer una barbaridad, pero... a veces uno se deja llevar por los nervios.
Cuando le pedimos que hable sobre la ley 11.544, se pone de pie, avanza hacia el público, y muestra el libro negro de tapas duras, y cuando llega la hora de las huelgas del 58 y el 61, saca una hoja que en su casa ha preparado cuidadosamente con los nombres de los compañeros y las motivaciones de esas huelgas, y se enfervoriza hablando de la situación de los ferrocarriles privatizados, y de lo bien que podrían funcionar en la Argentina si existiera la voluntad política de que así sea.


Marcha en apoyo a la huelga ferroviaria, La Nueva Provincia, 3 de diciembre de 1958

Volantes, boletines, carpetas con cartas de reclamo: Osvaldo ha hablado en debates públicos, en asambleas sindicales y actos políticos; ha formado parte de comisiones vecinales muchas veces, y sabe manejar perfectamente los tiempos de la oratoria, los énfasis y las pausas; sabe también que toda ocasión, incluso una “obra de teatro”, un “documental en vivo” tiene que servir para decir la verdad. El 16, un rato antes de empezar, nos hizo llegar un volante en el que, en una carta abierta que escribe en adhesión a la lucha contra las papeleras analiza la situación de White después de los escapes de cloro y amoníaco de 2000 y 2001, y que termina diciendo:

Aún no está escrito que no se pueda ganar.