miércoles, 22 de agosto de 2007

YA ESTAMOS ENSAYANDO

Archivo White es un proyecto experimental de hibridación de arte y documento. Se inició en 2006 con Nadie se despide en White, muestra del taller de teatro documental que coordinó la directora teatral Vivi Tellas y que contó con la participación de Jorge Habib, Natalia Martirena, Rodrigo Leiva, Miguel Mendiondo, Raúl Lázaro y Alexis Mondelo, quienes trabajaron con vecinos de Ingeniero White y Bulevar para llevar sus vidas a escena. Así, el 16 de Diciembre de 2006 vimos a Atilio Miglianelli y Luis Firpo, Juan Califano y Rita Aversano, Pedro Marto, Sarita Capelletti, Osvaldo Ceci, Mario Mendiondo, Pietro Morelli y Pedro Caballero, y a los bomberos voluntarios de Ingeniero White, como intérpretes de sus propias biografías en un evento multitudinario.
En julio retomamos el proyecto, con la intención de desarrollar cada propuesta. Se trata de escuchar, combinar saberes, experiencias, poner en escena el juego de relaciones que llevan al museo a convertirse en un espacio de cruce, de emergencia de voces y relatos. El museo vuelto teatro, el teatro vuelto museo personal.

Pedro Marto, quien fuera estibador, mozo, candidato a concejal, alguero, campeón de tango, extra en una película de Armando Bo, ayudante en un circo, presidente de la sociedad de fomento de Saladero, entre otras muchas cosas, ensaya bajo la dirección de Natalia Martirena, y el aporte del equipo del Museo. Un western en el barrio Saladero.
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Pedro repasa su discurso de campaña, Natalia lo sigue

Paralelamente, comienza a tomar forma el Museo Pedro Marto, primero de una serie de Museos Personales que se incorporan al proyecto Archivo White.



lunes, 14 de mayo de 2007

EFECTO DOMINÓ

Cuando comenzó este proyecto decíamos que nos interesaba pensarlo como proceso, como una suceción de hechos que pudieran prolongarse en el tiempo y a la vez mutar, desplegarse en distintas direcciones. Algo de eso sucedió, por ejemplo, con Sarita Capelletti y Rodrigo Leiva, que luego de conocerse en Archivo White compartieron escenario, y todo indica que seguirán haciéndolo. Ese espacio de sorpresa, que nos deparó la aparición de Hugo Llera y de Manuel Montes (ver entradas anteriores) se continuó con la aparición virtual de un vecino whitense, al que llamaremos El Whitense Misterioso (hasta tanto él se decida a develar su doble personalidad), una especie de superhéroe de la memoria local que nos envía páginas y páginas de crónicas whitenses que iremos publicando de manera espaciada bajo el título de White Profundo. Y arrancamos hoy con:

Los nombres … personas y hechos de estos relatos no son de ficción … pertenecen a una realidad de tiempo y espacio determinados, y cualquier comparación con la ficción son solo producto de la casualidad, si existe, o de su propia imaginación.

Podrá o no ser esta parte de la historia no contada de mi pueblo, con todo respeto para quienes consideren que no hay bronce suficiente para tanta gloria y, con las mejores intenciones colocan en parte de la historia de Ingeniero White a quienes ellos consideran los verdaderos artífices de la misma, es que me tomo el atrevimiento de jugar, sin el mas mínimo sentido de la cronología, con lo que yo considero es también parte importante de la historia de mi pueblo, y no es otra cosa que el relato de acontecimientos, anécdotas, formas de vida, la inclusión de personajes y personalidades, la vida y obra, los sueños, las miserias, y las alegrías de una sociedad en un lugar determinado de tiempo y espacio que pertenecen y seguramente seguirán perteneciendo a una generación extraordinariamente rica como para no incluirla en una parte importante de la historia de mi pueblo, y por ello es que estos relatos no autorizados, estas historias no contadas, inconclusas y no exactas muchas de ellas, necesitan de piezas claves para armar el gran rompecabezas de la historia definitiva, y por tal motivo es que propongo comenzar a unirnos, mas allá de las diferencias que creo podrán ser solo conceptuales, y que nos permitan hacer participes a las mujeres y hombres comunes de la verdadera historia de Ingeniero White .

whitense54@yahoo.com.ar

Solo para entendidos


Por estas cosas maravillosas de Internet, encontré unas historias hermosas e interesantes de gente que alguna vez conocí, porque eran o son de mi pueblo, de Ingeniero White, cerca de Bahía Blanca, para ser más preciso, es su puerto. Nuestra generación les decía casi despectivamente, a los de Bahía, que esta existía porque tenía el puerto, que por esos tiempos era la fuente de trabajo, junto al Ferrocarril más importante de la región.
Y estas historias que leí con algunos nombres conocidos y diría hasta familiares de mi pueblo, en una página donde se cuenta sobre su museo Ferroportuario, y sobre la historia misma de mi pueblo, con nombres como el de Mendiondo o Pedrito Caballero , Califano, Ceci y tantos otros, me llevo a escribir sobre otros nombres comunes y no tanto, que pertenecieron o pertenecen a mi pueblo, y que por cierto me gustaría que en una especie de rompecabezas pudiéramos armar entre todos … entre muchos … porque son los hombres y mujeres que pertenecieron a una generación determinada en el tiempo y el espacio, pero que tuvieron siempre la impronta del sentido de pertenencia… fuimos … somos y seremos de White … Whitenses … como Atilio … Atilio Miglianelli, cuantos saben que Atilio se llamaba Miglianelli, un símbolo, un estandarte , una bandera, lo encontrabas en el puerto o en la pileta de Comercial, los pibes lo mirábamos como si fuera Tarzán , siempre bronceado y con su cuerpo escultural envidiable, fue para nuestra generación un referente, como tantos otros, que vaya a saber la vida que deparo para cada uno de ellos, y a quienes nombraré, quizás de a poco o en sucesivas historias, comentarios, o en el devenir de mi memoria que para la ocasión espero no me falle … y jugaré así con ustedes y espero junto a ustedes, sin nombrarme, porque mi intención es que a este rompecabezas le falte una pieza , y que precisamente, sea yo … invitando, por cierto, a que lo completen enviando un mensaje con mi nombre o con los nombres que ustedes crean y que estoy seguro derivaran en otras tantas historias … obviamente quienes hayan descubierto mi nombre recibirán en forma inmediata mi respuesta … y así quizás comience otra historia.

whitense54@yahoo.com.ar

martes, 27 de febrero de 2007

ALBUM DE FOTOS

Alguien me dice: "no subieron fotos de Nadie se despide en White". Cierto, e imperdonable. Van unas cuantas.
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Vivi Tellas y bomberos voluntarios de Ingeniero White
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Sarita y Rosana Fernández, hiperkinética cantante, en la Casa del Espía
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Jolgorio y algazara en el bar de Pedro
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Osvaldo Ceci enfervoriza al público en el miriñaque de los ferroviarios
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Rita y Juan, cuando empezaba a atardecer y el público iba llegando
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Atilio Miglianelli, máquina de firmar autógrafos
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Bomberos en el parque del Castillo, despliegue monumental

viernes, 23 de febrero de 2007

EL PAPELITO DE MONTES (texto de Ana)

Llegué a la casa de Manuel Montes, y me encontré un vergel en medio del paisaje salitroso y polvoriento del Bulevar. Montes, que trabajó en el galpón de locomotoras hasta hace 13 años como mecánico y supervisor, estaba con Llera el día de “Nadie se despide en White” sentado en el miriñaque, como un protagonista más.
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Manuel Montes bajo el parral de su casa en el bulevar

Le pregunto cómo es que fueron al museo a ver “Nadie se despide en White”. Y me cuenta: Le digo a Llera ‘¿qué te parece si vamos? Voy a averiguar el horario’. Y fui acá, al almacén y ahí encontré un papelito, le digo a la chica que estaba ahí: “¿me puedo llevar este papelito?”. “Si, si hay mas”. Lo veo a Llera y le digo: “Mira, acá tengo este papelito”. Y al día siguiente se fueron al museo, los dos, a ver qué era eso, en colectivo: Llera le dice al chofer: ‘¿Nos puede llevar hasta la bajada del puente?’ ‘Si, suban, suban’. Allá mismo nos bajamos y allá enseguida nos encontramos los muchachos, todos, este pibe que teníamos de soldador, Mendiondo, y Caballero, que yo lo tenía de ayudante, ahora se jubiló también él, y Ceci, que era jefe nuestro, era inspector, él siempre venía con sus revistas, yo las agarraba, ‘ahí la tenés, Montes’.
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Manuel y su mujer Eusebia


martes, 20 de febrero de 2007

HUGO LLERA Y LA HUELGA DEL 58 (texto de Ana)

Durante “Nadie se despide en White”, Ceci habló de las huelgas de la época de Frondizi, de los planes para destruir el ferrocarril y, como les sucede a muchos ferroviarios, habló de la huelga del 58 y de la huelga “grande” del 61 como una misma cosa: la marcha de los 4000 ferroviarios por la avenida Alem el 1 de diciembre de 1958 al Vº cuerpo de ejército, los atropellos sufridos en el galpón durante la “movilización”, la lucha contra el plan Larkin. Al llegar a ese punto Llera no solamente debe haber recordado cómo empezó a repartir pescado en 1961.
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Ferroviarios desfilan por Av. Alem rumbo al V cuerpo de ejército en el año 58

Cuando estuve en la casa de Llera, conocí también a su señora. Ella hace más de treinta años que está en la cama, sin poder caminar. La causa de su invalidez es incierta.

Después de hablar sobre las palomas, el trabajo en el galpón de locomotoras y el reparto de pescado, le pregunté ¿y en el 58? Ah! Ma vale que yo fui a la cárcel, ojo, que fuimos a la plaza y después nos llevaron a la cárcel. Y me cuenta cómo acordaron ir a “presentarse” al regimiento, y cómo los llevaron a todos (¡¡¡¡a los 4000!!!) a la cárcel, y al día siguiente un grupo fue llevado en tren a la base naval Puerto Belgrano, y cómo los trataron en el cuartel y cómo al final tuvieron que volver a trabajar.
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Ferroviarios bajo custodia del ejército durante la huelga del 58

Y yo digo que fue ahí cuando... Mi señora fue con un grupo de chicas, fueron a gritar allá, al ejército, por que nos largaran, entonces las amontonaron y les empezaron a pegar con las bayonetas, les pegaron acá en la espalda, hasta que las hicieron retirar y yo calculo que debe haber sido eso que le debe haber afectado algún nervio, porque después de ese entonces empezó a ... Si se iba a White con los chicos al colegio, cruzaba la playa todos los días, dos veces, iba y venía, nunca tuvo problema, el doctor dice que no, yo digo que sí ...

miércoles, 14 de febrero de 2007

HUGO LLERA, FERROVIARIO Y PESCADERO (texto de Ana)

Vinieron a ver el ensayo general de “Nadie se despide en White” y terminaron saliendo en el diario en la foto junto con sus antiguos compañeros del galpón. Hugo Llera, y su vecino Manuel Montes no estaban en el “elenco” de Miguel Mendiondo, pero al sentarse en el miriñaque con Ceci, Mendiondo, Caballero y Morelli, y al estar como espectadores ahí en medio de la escena mostraron que ellos también eran, al mismo tiempo, protagonistas de esas historias. ¿Qué cosas habrían recordado Llera y Montes mientras los escuchaban en silencio? ¿Qué tendrían que ver con sus vidas esos relatos?
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Hugo Llera con su moto frente a su casa en el bulevar Juan B. Justo

El viernes 9 fui a ver a Hugo Llera a su casa en el Bulevar, frente al galpón.
En ese momento llegaba en su moto con el cereal para sus 150 palomas: desde los nueve años soy colombófilo, es una pasión, como al que le gustan las carreras de caballos. Llera me llevó a ver el palomar en el patio de su casa, con los pichones, los reproductores, los buchones, el cereal y me explicó con todo lujo de detalles cómo las “corren” las palomas. Y me contó de su ingreso al ferrocarril, de su carrera en el galpón de White, como peón paleando carbón al principio, hasta llegar a mecánico y oficial ajustador, y el trabajo en el puerto, en el “pique” como se le decía antes a la estiba, y lo más importante, para él: 45 años en la calle, repartiendo, pescadero, hasta el año pasado.
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Llera en el patio de su casa, junto a las palomas

Las cuentas nos llevan ahí, a ese año, a 1961, el de la huelga grande de los 42 días. Contale, contale cómo empezaste a repartir, dice su hijo Daniel, y eso está bueno, porque ya hemos escuchado muchas veces cómo los pilotes del muelle de White quedaron sin un solo “músculo”, en el 61, cómo los negocios de White fiaron a sus clientes ferroviarios durante los días de huelga, y como uno agarró de ayudante de albañil, y otro empezó a hacer muebles metálicos, y otro hacía changas de lo que sea, y cada vez que uno escucha a un ferroviario sobre este tema es como una nueva vuelta de tuerca, una nueva faceta que sale a la vista. Porque la cosa era cómo “vivir” durante esos días que no se sabía cuántos iban a ser, y por eso, con un cambista amigo que ya no tenía ni cinco guita, ya no tenía a nadie a quien pedirle prestado en el bulevar, piden fiado dos o tres cajones de pescadilla, salen con un carrito tirado a caballo que se habían hecho para ir a cazar, y empiezan a las ocho, y a las diez ya no tienen nada. Así, después que terminó la huelga, siguieron, luego Llera siguió solo, con su carro y caballo Pampero, yendo una vez por semana a Villa Mitre, Noroeste, Villa Rosas y dos días al centro. Por eso siempre pidió el turno de noche, para poder llegar a casa a la mañana temprano, preparar el filet y salir, 45 años arriba de este carrito, algunos clientes me llaman, todavía, para ver como ando.

sábado, 3 de febrero de 2007

NADIE SE DESPIDE EN WHITE, NI SIQUIERA LOS MUERTOS IV (texto de Ana y Nico)

Mario conoce a muchos en este cementerio, pero no a todos visita. No todos están en "el mapa". No todos son sus "clientes". Así llama Mario a sus amigos. "Mis clientes". Antes de ser ferroviario, Mario fue ayudante en una lechería. Durante nuestra recorrida, recuerda con gusto sus aventuras como repartidor de leche. Y si bien Mario ni siquiera flores lleva consigo, podría decirse que su paseo guarda en secreto la lógica del reparto. El reparto suponía una regularidad y esa regularidad la posibilidad de una relación entre vendedor y vecino en la que el sentido hoy habitual de la palabra "cliente" se trastoca por completo. Ante la fotografía de dos ancianos, Mario dice: yo les dejaba leche... y ella, en invierno - tomá, tomá-, me decía, yo tenía 13, 14 años, -una copita de anís-, o algo, -para calentar el cuerpo-." Son sus clientes quienes fueron generosos. "¡Cómo te vas a olvidar de esas cosas, era buenísima la vieja..!" También quienes han padecido los rigores de un destino mezquino. Esta es la tumba de Pedro Dieguez, ferroviario.
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Tumba del ferroviario Dieguez

No tiene cruz, ni siquiera nombre, pero figura, nítida, en el mapa. En el plano hay jugadores de fútbol que Mario admira, pero que recuerda por lo que "eran también afuera de la cancha", hay algún político cuya sencilla lápida da fe de una vida honesta, y hay muchos "pícaros", esos que como él, robaban gallinas "para comer entre todos". Generosidad y capacidad de trabajo son, en este mapa, puntos cardinales. Por eso el lugar culminante del recorrido es la visita a la tumba de su hermano Juan Carlos. A este, yo lo haría santo, te lo juro, es lo más grande que hay. Mario elaboró una lista en la que figuran todos sus hermanos, una suerte de ranking para establecer cual de ellos fue el más trabajador. Mirá: en la lista, yo llevo laburados sesenta años, él murió a los 43 y lo tengo primero a él en la lista que yo hice, una lista, un promedio: primero él, segundo Alberto que vimos allá, de trabajadores, ¿no? bestias, y yo me coloco tercero... yo estoy tercero, respeto la tabla de posiciones.

Mario se persigna en la recorrida por el cementerio

Eso sí, aunque sabe muy bien donde están, en el mapa no hay carneros, no hay ni un solo hijo de puta. Decidiendo frente a qué tumba se detiene, Mario reivindica su derecho a administrar, cada semana, un poco de justicia: un pingazo dice de uno; de otro ¡un hombre de gaucho! y de tantos: ¡era de bueeeno!. Otros, en cambio, le inspiran desprecio. Después de evocar brevemente su egoísmo, pusilanimidad o falsedad, los arroja de nuevo, hasta la semana que viene, al barro de la bronca que él supone podría provocarles ese castigo.

Mario lleva saludos, a veces noticias ("vas a tener otra nieta"), a veces preguntas. Su paseo pone en movimiento el lugar por excelencia inmóvil. El mapa que lo guía, ese mapa que lleva en la cabeza, resulta entonces menos útil para establecer límites que para borrarlos. No sirve si se quiere fijar con él, de una vez y para siempre, la frontera entre la ciudad de los vivos y la de los muertos. Su trazado sinuoso por sobre la cuadrícula del cementerio municipal, nos orienta en cambio a través de las cambiantes relaciones que los muertos establecen con los vivos. El hijo de tal, dice Mario, es el que hizo el otro día la instalación de las cloacas en su casa, al hermano de tal otro lo encontró hace unos días en una cena que se hizo en el Bulevar; con la mujer de aquel charla de vez en cuando.

"...en invierno - tomá, tomá-, me decía..." Cuando Mario habla así, ya no son las vereditas empinadas del cementerio las que pisa, son -amplias, ventosas, adoquinadas o de tierra – las calles de White y del Bulevar. Andando por ellas, el anís vuelve a darle calor.

martes, 23 de enero de 2007

NADIE SE DESPIDE EN WHITE, NI SIQUIERA LOS MUERTOS III (texto de Ana y Nico)

Cada domingo Mario Mendiondo visita el cementerio. Sus repetidos paseos han ido asentando las líneas de un mapa que, afirma, lleva "grabado en la cabeza". Este es un mapa paradójico, ya que no existe al margen de los itinerarios que le dieron origen, ni permite la simultánea contemplación de diferentes espacios que es propia de los mapas ordinarios. Se trata de un mapa adentro de una cabeza. Un mapa así sólo se despliega en el tiempo, en la forma de un relato o de numerosos relatos que el mapa cumple justamente la función de articular.
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Mario Mendiondo en el cementerio de Bahía Blanca


En esta cartografía narrada hay numerosos parientes. Mario habla de "parientes" incluso cuando el vínculo es remoto o difícil de establecer. "Ahora vamos a ir a Chinin, una piba, casada con hijos; al marido de esta chica, encontré la foto [de ella] tirada en el suelo, y le hablé; la hermana se casó con un primo mío..." Tal vez porque nació en una familia que era casi tan grande como un pueblo -"cuando mi viejo murió, mi madre tenia en la panza al número diecisiete"-, Mario necesita a todo Ingeniero White y a media Bahía Blanca para contar su propia historia. "¿Te acordás esa piba que vimos, que murió, que el marido... bueno, acá están los padres, muy amigos de mis suegros..."
La recorrida incluye también a sus compañeros del galpón de locomotoras. Visitamos al "gordo" Amadeo, al "sordo" Capella, a los "gringos" Colanieri y Di Cicco; a un tal Anselmi, que ganó la guita loca trabajando con el guinche, al Coco Arcidiacono, que fue jefe de chapería y a Blanco, que era estopero; a Camacho, Marcaccio, Altairo, Iriarte y Tortosa, a los maquinistas Cesari, Lopez y Aliatta, a las familias Cristini, Natali, Saralegui y Sarcou -todas ferroviarias-, a Morán, que trabajaba en Vías y Obras y su suegro, que era herrero... la lista sigue.

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Francisco Zammattaro, ferroviaro legendario, de frecuente aparición en los relatos de Caballero, Mendiondo y Ceci, entre otros.
Mario no nos cuenta la vida de cada uno de sus compañeros. En ningún lugar se detiene por más de unos minutos. Está mas preocupado por ligar un nombre con otro que por completar la historia detrás de cada nombre. Así, toda una vida se concentra a veces en el recuerdo de un solo detalle. Del famoso Zammattaro: "¿Sabés que hacía este cuando estábamos trabajando? Se sentaba en el martillo. Daba vuelta el martillo y se sentaba encima, capaz que estaba una hora sentado en la zanja, arriba del martillo...". Cada amigo o compañero posee un rasgo único, algo que, podría decirse, "lo diferencia para siempre entre los demás hombres". Lo curioso es que ese agudo sentido de lo singular que condensa en una anécdota o en un sobrenombre, no se explica sólo por los atributos de una memoria individual, supone también, en buena medida, lo que muchos otros alguna vez han observado y contado. "Juan Micone, pobre, miralo, un ojo de vidrio tiene; echó carburo para desinfectar un pozo, una letrina, y... perdió un ojo, pobrecito". También Pedro Caballero recuerda esta historia, y es probable que también la contasen Zammattaro, Marcaccio, Altairo, Iriarte. El mapa de Mario, el relato de la propia historia y el de las historias ajenas, supone, en cierta forma, esta elaboración colectiva.

miércoles, 17 de enero de 2007

NADIE SE DESPIDE EN WHITE, NI SIQUIERA LOS MUERTOS II (texto de Ana)

¿Querés saber quiénes son estos? El que pregunta es Mario Mendiondo, parado frente a un conjunto de lápidas en el cementerio de Bahía Blanca. Son las 9:30 hs de la mañana del domingo 7 de enero, y es el inicio de un recorrido que ha de prolongarse por tres horas. El inicio de este encuentro, sin embargo, hay que buscarlo más atrás, hace cinco años, cuando a Mario lo operaron: a mí me sacaron un tumor, me caí muerto, dice, pero mirá ahora qué bien estoy. Desde entonces, cada domingo repite el mismo itinerario, deteniéndose unos pocos minutos frente a las tumbas de sus familiares, sus amigos, sus vecinos de White y de Bella Vista, y sus compañeros ferroviarios del galpón de locomotoras..

¿Querés saber quiénes son estos? Mario Mendiondo nos guía por las callecitas del cementerio de Bahía Blanca
Mario sigue un plano para guiarnos a través de las callecitas, avenidas, bóvedas, escaleras y galerías con nichos. Visitamos no menos de doscientas tumbas. De muchas otras personas cuyo nombre e historia conoce, señala la tumba desde lejos, o simplemente pasa indiferente: a este me lo salteo, o: ese no es cliente mío. Si no le merecen ni respeto ni pena dice, como Virgilio, ni hablemos de ellos, solamente mirá y seguí de largo.

Cuenta que si en su habitual caminata identifica la tumba de algún otro conocido, lo agrega: todo calculado, todo diagramado, siempre el mismo recorrido; miro, y si veo algún conocido, ya lo meto en el plano, a este, por ejemplo, hace dos domingos que lo metí.

Se detiene frente a una tumba y saluda: hasta el domingo, querido. Frente a otra se persigna en silencio, y en otra dice en voz alta: Bueno, Gordo, vas a tener otra nieta! Cada tumba es la ocasión para un relato: "Este que está acá es Della Negra, le decíamos “el sordo”, laburaba en el galpón, viste, era dañino, hacía la grasa con arena, y tiraba, sabés cómo dolía eso, pobre sordo, era terrible, era." Y cuando retoma la marcha anuncia: "Bueno, ahora vamos a ir a otro de White".

(esta historia continuará...)

jueves, 4 de enero de 2007

OSVALDO CECI: QUÉ SIGNIFICA ACTUAR (texto de Ana)

Osvaldo Ceci no faltó a ningún ensayo. Y cada vez que hablaba, su voz potente resonaba en todo el museo. No sólo en los ensayos, durante Nadie se despide..., entre la sirena de los bomberos, la bocina de locomotora, los aplausos que venían de un lado u otro, y el público que iba y venía, el relato de Osvaldo se escuchaba en todo el taller.

El era el jefe, en el galpón. Por eso, cuando vió a sus compañeros de cartel dijo:
“ah, casi podemos armar un turno”.
Osvaldo no se queda atrás a la hora de contar anécdotas:

“Resulta que a todos no los conocés, viste, mando dos de aguateros, para dar 24 mil litros de agua... el que esta arriba abre la puertita, pone la manga, y le dice al otro: que, que, abrí el grifo, que, que ya está... Y el otro de abajo le dice: que, que no me hagas burla, que, que es una enfermedad lo que tengo, entonces el otro de arriba le dice: que, que entonces estamos los dos enfermos. Claro, ¡eran los dos tartamudos!”
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Osvaldo Ceci al medio, con chomba verde, llave descomunal y actitud ferroviaria (otro día explico por qué los Fab Four del riel terminaron siendo seis)

Escucha los elogios a su rectitud, solidaridad y coherencia, y cuando Mario Mendiondo cuenta que una vez, uno al que le decían el mejicano, lo provocó tanto a Ceci que terminaron los dos a las trompadas en el abanico, “se cagaron a trompadas, pero una paliza, porque caían los dos, eh, dos guapos, eran”; y, que él, el capataz, terminó, y siguió su trabajo como si nada y que si hubiera informado, lo echaban a este mejicano, Osvaldo reacciona con modestia:
había estudiado derecho romano, seguridad en el trabajo, y todo, y no podía cometer una barbaridad, pero... a veces uno se deja llevar por los nervios.
Cuando le pedimos que hable sobre la ley 11.544, se pone de pie, avanza hacia el público, y muestra el libro negro de tapas duras, y cuando llega la hora de las huelgas del 58 y el 61, saca una hoja que en su casa ha preparado cuidadosamente con los nombres de los compañeros y las motivaciones de esas huelgas, y se enfervoriza hablando de la situación de los ferrocarriles privatizados, y de lo bien que podrían funcionar en la Argentina si existiera la voluntad política de que así sea.


Marcha en apoyo a la huelga ferroviaria, La Nueva Provincia, 3 de diciembre de 1958

Volantes, boletines, carpetas con cartas de reclamo: Osvaldo ha hablado en debates públicos, en asambleas sindicales y actos políticos; ha formado parte de comisiones vecinales muchas veces, y sabe manejar perfectamente los tiempos de la oratoria, los énfasis y las pausas; sabe también que toda ocasión, incluso una “obra de teatro”, un “documental en vivo” tiene que servir para decir la verdad. El 16, un rato antes de empezar, nos hizo llegar un volante en el que, en una carta abierta que escribe en adhesión a la lucha contra las papeleras analiza la situación de White después de los escapes de cloro y amoníaco de 2000 y 2001, y que termina diciendo:

Aún no está escrito que no se pueda ganar.

viernes, 29 de diciembre de 2006

UN PASEO POR INGENIERO WHITE (parte II)

Ex-cine Jockey Club

Partido del Trabajo y el Pueblo (sede)

Vagones de carga bajo el puente La Niña

Silos de Cargill, vista desde la ría

Buque carga cereal en el muelle de Toepffer

miércoles, 27 de diciembre de 2006

UN PASEO POR INGENIERO WHITE (parte I)

Para todos los que no conocen White, primera parte de un paseo, desde la ventanilla de la 500, con fotografías de Carlos Mux.

Interior de un coche de la línea 500

Casa de colonia ferroviaria, como la de Pedro Caballero

Guillermo Torres, calle de cabarets

Super pancho and The Cat Black (en perfecto inglés whitense)

Usina termoeléctrica Luis Piedra Buena, y silos de Toepffer

domingo, 24 de diciembre de 2006

SALIMOS EN EL DIARIO!!!!!

Lean la nota de Cecilia Sosa en Radar, el suplemento de Página 12, con hermosas fotografías de Cristian Peralta:

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3474-2006-12-24.html

Voy a hacer una breve fe de erratas:
1 - El barman de elegancia indescriptible no es Pedro Caballero, es Pedro Marto.
2 - Luis Firpo no trabajó en el ferrocarril, lo hizo en la usina, donde llegó a ser jefe del taller de reparaciones.
3 - Juan Califano no fue cuisinière (en francés) sino cusiniere (transcripto como se puede en dialecto poncés): no era un refinado chef, sino un pescador, que cuando tuvo que terminar el servicio militar prefirió embarcarse sólamente porque vivía en la isla y le gustaba el mar; si contaba cómo cocinaba... el tema es que los pobres prisioneros comían con gusto porque hacía un año que comían ratas y cualquier cosa les parecía un manjar....
4 - Como no están nombrados todos los directores y hoy es nochebuena y nos invade el espíritu navideño, y en realidad el evento no se dió por generación espontánea sino que se trabajó mucho mucho para hacerlo, acá va la lista y que nadie se quede afuera:

Juan Califano y Rita Aversano fueron dirigidos por Jorge Habib; Pedro Marto por Natalia Martirena; Sarita Cappelletti por Rodrigo Leiva; Atilio Miglianelli y Luis Firpo por Alexis Mondelo; Osvaldo Ceci, Mario Mendiondo, Pietro Morelli y Pedro Caballero por Miguel Mendiondo; y los bomberos voluntarios de Ingeniero White por Raúl Lázaro. La coordinación general correspondió a Vivi Tellas.

sábado, 23 de diciembre de 2006

FERROVIARIO, MEMORIOSO Y CONCEPTUAL

Pedro Caballero colecciona en su memoria catálogos de los más variados: presidentes, ministros, ferroviarios. Recitarlos es su performance pública más exitosa. Todos admiramos su memoria y su velocidad para engarzar un nombre tras otro sin aparente esfuerzo. A Pedro lo apasiona la historia, y lo demuestra de ese modo, espectacularmente, agregando como en una coda: yo me acuerdo de todo, y hasta él mismo se asombra al decirlo. Pero la memoria de Pedro Caballero luce, más que en esos listados (que si por un lado ordenan y conservan datos, por el otro borran particularidades) en el fechado preciso de acontecimientos de todo tipo (práctica más extravagante, y en principio, inútil).
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Pedro Caballero en el archivo de Ferrowhite
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La costumbre de Pedro de recordar con precisión y no dejar detalle fuera tiene, pienso, dos movimientos: comienza por fechar lo extraordinario (el choque de una locomotora con un auto que traía dos ministros, día y hora exactos) y continúa en el deseo de volver extraordinario todo lo que fecha (la última vez que viajó a Buenos Aires hace un mes, hora exacta de partida y llegada, temperatura y cantidad aproximada de kilómetros recorridos a pie desde Constitución hasta el Monumental de Nuñez). Desde su pasión desbordante por la historia, alimentada por revistas semanales y enciclopedias, Pedro desemboca en la poesía. Y esa pretensión que parece inocente (recordar todo, y para hacerlo, singularizar todo) es profundamente subversiva, es la voz del que no deja que la historia se vuelva una sucesión de acontecimientos que se encadenan “naturalmente”.
¿Quién es capaz de acarrear cuatro tornillos y una llave inglesa de fabricación industrial y donarlos al museo diciendo “esto es histórico”? Pedro Caballero ¿A quién le importa que no se olvide el nombre de todos los ferroviarios que trabajaron en el galpón de locomotoras? a Pedro Caballero. Porque el reverso de las series que se recitan es la extrema precisión que singulariza. En vez de mil doscientos ferroviarios: Aliaga, Alonso, Marcaccio, Samataro, y así... No es que la memoria de Pedro trabaje desde el absurdo, todo lo contrario, se apoya en algo semejante a lo que Duchamp consideraba lo “infradelgado”, que es aquello que en un mundo que masifica y produce objetos en serie hace de cada cosa algo único e irrepetible.
Lo “infradelgado” no es un atributo de las cosas aisladas, es producto de una relación. ¿Y no es acaso necesario contemplar miles de razones económicas, tecnológicas, políticas, climáticas, psicológicas, azarosas, etc, para que se produzca ese acontecimiento único que es su llegada a Buenos Aires y su caminata hasta la cancha de River? ¿No es eso algo digno de asombro? Pedro recorre el ruido de la historia, lo que ya no se escucha, y de ahí trae objetos, nombres, historias. Por eso no debería sorprender que tras el vozarrón épico de Osvaldo Ceci repasando treinta años de lucha ferroviaria, asome la voz de Pedro Caballero contando la vez que en el andén lleno de ferroviarios un gorrión se paró en la cabeza del legendario Samataro, y todos se quedaron un instante inmóviles y en silencio, “a las dos de la tarde”. Tras el haiku ferroviario, el dato preciso. Porque lo que el acontecimiento tiene de irrepetible e irreductible al sentido, también lo tiene de datable: no fue a la mañana, no fue a la noche, no fue en el campo; fue en el andén, a las dos de la tarde, el momento exacto en que tantas variables confluyeron para que suceda lo extraordinario, lo que no estaba en los planes de nadie, y un gorrión suspendiera el movimiento del mundo.
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Osvaldo Ceci y Pietro Morelli


Y así como un gorrión pudo parar la respiración de no se cuántos ferroviarios en un andén (ahora imagino que es la voz de Ceci la que retoma el relato), también unos cuantos miles de ferroviarios y sus familias, perseguidos, reprimidos y encarcelados por el ejército, pudieron parar el país, y el plan Larkin, y los deseos del Banco Mundial, y del gobierno de los Estados Unidos. Y eso tampoco estaba en los planes de nadie.

EL RELATO III: NADIE SE DESPIDE EN WHITE, NI SIQUIERA LOS MUERTOS (texto de Ana)

Mario Mendiondo va caminando todos los domingos después de almorzar al cementerio (20 cuadras, a pie) y recorre puntualmente todas las tumbas de sus conocidos y amigos ferroviarios. Ya nos invitó a acompañarlo una tarde de estas. Pedro Caballero anota en una libreta los nombres de los compañeros fallecidos, si corresponde, agrega uno más cada vez que termina de leer el diario a la mañana, y la revisa periódicamente para acordarse exactamente de cómo van los tantos.
Anoche, viernes 22, vino a una reunión que se hizo en el museo un compañero de Mario, Pedro, y Osvaldo, que trabajó en el galpón de máquinas entre 1970 y 1980: Eran compañeros míos, los que estuvieron el otro día en el documental, eso que hicieron en vivo aquí, el fin de semana pasado, si los conoceré! Si tenemos cosas para contar. El hombre empieza y cuenta varias anécdotas que incluso ya hemos escuchado más de una vez, hasta que llega a los hermanos Urtazun. Ferroviarios de verdad eran ellos, fallecidos, ya; y ¿a que no sabés qué tienen en la lápida? ¿una cruz? No, una locomotora, y si no me creés, nos ponemos de acuerdo, un día de estos, vamos al cementerio y te la muestro. Los compañeros, en el taller, se la hicieron, la locomotora, para ponerla ahí.

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Árbol de Navidad en los talleres Noroeste, con rulemanes y adornos de metal (fotografía gentileza Mario De Simón)